13 de diciembre de 2014

La plaza dos veces

Recorrimos en tren los sesenta kilómetros entre La Plata y Buenos Aires para ir al acto por los 31 años de democracia. A mitad de camino, se cayó el cielo. 




–¿Querés que nos quedemos? –le pregunto a Rodrigo mientras esperamos en la estación de La Plata para viajar hasta Constitución.
El cielo está negro. El pronóstico dice que habrá algunos chaparrones aislados pero el acto en Plaza de Mayo por los 31 años de democracia no se suspendió.
–Ya sacamos el pasaje, vayamos igual y vemos qué pasa.
El cielo está cada vez más negro. El clima está húmedo y pesado y corre el típico viento de tormenta. Nos ubicamos en el tren y atrás nuestro se sienta una pareja joven que por lo que hablan deduzco que también van a la plaza. Tienen teléfono con Internet (cosa que nosotros no), por lo que de tanto en tanto escucho qué dicen por si se enteran de alguna novedad. Rodrigo se pone a leer una revista que descubrió hace poco sobre trenes y yo saco de la mochila La caída de los gigantes de Ken Follet. Al ratito tengo que cerrar la ventanilla porque empezaron a caer algunas gotas.
–Si llueve un poco ahora quizá cuando llegamos a Buenos Aires ya aclara –dice Rodrigo mientras mira para afuera donde se ve un cielo muy oscuro y allá a lo lejos unos manchones color celeste.
No tarda mucho en comenzar a llover con fuerza. Tengo puesta una musculosa y cuando empiezo a tener frío agradezco haberme traído un abrigo. En la mochila también llevamos un litro y medio de agua y la cámara de fotos.
Nos detenemos en Quilmes. Como siempre voy leyendo me cuesta distinguir las estaciones pero al estar el tren parado hace unos minutos tengo tiempo de buscar el cartel para ver dónde estamos mientras se escucha el golpeteo rítmico de las gotas de lluvia. Empiezo a sospechar que si en la Ciudad de Buenos Aires el clima está igual la gente debe estar yéndose y los músicos deben estar levantando todo. Y en eso los chicos de atrás que dicen que se suspendió el acto.
–Vamos igual. Si cuando llegamos a Buenos Aires paró, vamos igual –le digo a Rodrigo.
Arrancamos otra vez. Cuando estamos llegando a Bernal empiezo a escuchar murmullos y veo que la gente se apelotona en las ventanillas. Miro por la mía: afuera hay nieve.
El tren avanza despacio y se puede ver esto: casas de dos pisos con ladrillo a la vista, una avenida húmeda que refleja las luces y autos que disminuyen la velocidad. Y la nieve, claro. Alguien dice que parece una postal navideña yankee y si no fuera que estamos en el conurbano y que la nieve no es más que cantidades industriales de granizo pequeño acumulado en las esquinas y en el bulevar, esa descripción sería verosímil. Por algunos comentarios nos enteramos que el tren anterior estuvo media hora detenido por la intensa caída de granizo y a medida que seguimos avanzando hacia Constitución confirmamos que la caída de agua también fue mucha y en muy poco tiempo porque las calles están anegadas y el agua alcanza el nivel del cordón. En una estación de servicio al menos diez autos se amontonan en la playa de estacionamiento y un poco más adelante veo a una señora intentando cruzar la bocacalle con el agua en las pantorrillas. Mañana el diario El Sol de Quilmes dirá que la cantidad de piedra caída entorpeció los desagües. Lógico: esa misma cantidad parecía ser una espesa y profunda capa de nieve y según los datos meteorológicos cayeron 70 milímetros en menos de una hora.
En Constitución ya no llueve pero los techos todavía están desagotando y sobre las vías cae un chorro de agua potente y frío. Salimos caminando de la estación y cuando tomamos la 9 de Julio comenzamos a cruzarnos con militantes todos mojados. Algunos llevan banderas, otros tienen remeras de distintas agrupaciones como La Cámpora o Unidos y Organizados. La mayoría camina en dirección contraria a la nuestra, lo que nos afianza aún más la idea de que la plaza se está desagotando. No nos importa: nosotros queremos llegar, participar, así que seguimos.  

Plaza de Mayo. Seis y media de la tarde. Todavía hay gente pero se puede caminar sin chocarse a todo el mundo. Antes de ver los puestos ya se siente el olor de las hamburguesas, cuyos cocineros luego de la interrupción por la lluvia, volvieron a prender el fuego, y en la calle hay de todo: botellas, papeles, paquetes de cigarrillos. A la vuelta, también encuentro dos pesos.  En la esquina del Cabildo está la carpa de Radio Nacional y afuera, saludando a dos señoras canosas y de baja estatura, están Cynthia Ottaviano, Defensora del Público, y su marido Roberto Caballero, periodista y conductor de Mañana es hoy por dicha radio. Delante de la Casa Rosada todavía está el escenario y hay algunos instrumentos tapados con bolsas de nylon negras. La gente mira a ver si están sacando las cosas o volviéndolas a poner porque ahora parece que no va a llover más. Sin embargo, comienza a circular el rumor de que Cristina Fernández hablará desde el Salón de las Mujeres Argentinas y una columna de hombres y mujeres se dirige a paso apresurado hacia las entradas para asegurarse un lugar. Hay muchos jóvenes, pero también hay gente grande y familias con bebés –cochecito incluido–. Una pareja de alrededor de sesenta años camina despacio en dirección a la Pirámide de Mayo, como esperando a ver qué sucede; en la mano la mujer lleva un paraguas. No es la única, pero llovió tanto y con tanto viento que no sé cuánto habrá servido tener uno.
Sobre Diagonal Sur se aleja una columna de militantes que según su remera son mendocinos. También vimos a otro grupo de San Juan y pienso en la bronca por la lluvia, por el clima que no permitió que el acto se desarrollase con normalidad después de un viaje tan largo. En un costado de la misma calle está estacionado el camión transmisor de la TV Pública junto a un hombre de unos cuarenta años que habla por teléfono dando órdenes: se necesitan más cámaras en estudio, hay que trasmitir la Cadena Nacional, Cristina hablará desde adentro. 

Mucha gente espera: algunos hablan entre ellos. Otros cantan y se escucha la Marcha Peronista y también los cantitos de la JP. Hay vendedores ambulantes de bebidas, pastafrola, hamburguesas, pines que tienen desde el rostro de Cristina hasta el dibujo de un buitre cruzado por una franja roja. La bandera argentina frente a la casa de gobierno flamea y la gente comienza a acercarse nuevamente. Tengo la sospecha de que si el clima se mantiene así Cristina saldrá a saludar una vez terminado el discurso, pero será tarde y nosotros tenemos que regresar. La imagen que nos llevamos es que la plaza se está volviendo a colmar.
Nos tomamos el tren. Ya no se ven zonas anegadas pero sí todavía hay granizo. También hace frío y cuando una vez en la capital bonaerense caminamos las casi veinticinco cuadras de regreso me abrazo a Rodrigo y me quejo de las medias húmedas. Al llegar nos enteraremos que mientras recorríamos el camino de vuelta a La Plata Cristina finalmente había salido a saludar y que la plaza se había llenado otra vez. Nos lo perdimos, sin embargo estamos contentos porque fuimos a celebrar que hace 31 años que el pueblo argentino decidió, día a día, construir y fortalecer esta democracia.