Un suicidio
desde la terraza de un edificio en Talcahuano al 1000. Un cuerpo que, con un
tiro en la sien, cae al vacío y se estrella contra el asfalto mojado por la
lluvia y una carta que explica, a medias, esa muerte. El cable de Télam con los
datos de lo ocurrido llega a las manos de Verónica Rosenthal, periodista de
investigación de la revista Nuestro Tiempo que intuye que detrás de todo
eso hay algo más.
El primer
golpe llega a las pocas páginas: ¿Cómo se recupera psicológicamente un conductor
de trenes que, mientras conduce la formación, atropella a una persona? ¿De qué
manera la empresa se ocupa de sus empleados en esos casos? Nunca viví esta
situación como pasajera y quizá por ello nunca me había preguntado qué pasa con
el maquinista, cómo sigue viviendo sintiéndose culpable de muertes que no
estaba en sus manos evitar. Pensarlo –y leerlo– se pareció a un cimbronazo, a
un balde de agua fría que tuvimos siempre delante y nunca pensamos que podía
mojarnos.“-¿Sabés cómo se siente? Primero un golpe seco, como un disparo, y
después, pegado a ese disparo, sentís cómo se revienta el cuerpo, los gritos de
terror que no los cubrís con la bocina y que siguen oyéndose después de que el
cuerpo se destrozó. Sentís cómo los huesos se quiebran debajo de tus pies”,
relata Lucio, el maquinista que se convierte en una de las fuentes principales
de la investigación que lleva a cabo Verónica cuando comienza a sospechar que,
detrás de lo que parece un juego peligroso –dos niños que se desafían en las
vías cuando el tren avanza–, hay una red delictiva que toca a altos
funcionarios públicos.