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15 de octubre de 2014

Sergio Olguín: La fragilidad de los cuerpos

Un suicidio desde la terraza de un edificio en Talcahuano al 1000. Un cuerpo que, con un tiro en la sien, cae al vacío y se estrella contra el asfalto mojado por la lluvia y una carta que explica, a medias, esa muerte. El cable de Télam con los datos de lo ocurrido llega a las manos de Verónica Rosenthal, periodista de investigación de la revista Nuestro Tiempo que intuye que detrás de todo eso hay algo más.

El primer golpe llega a las pocas páginas: ¿Cómo se recupera psicológicamente un conductor de trenes que, mientras conduce la formación, atropella a una persona? ¿De qué manera la empresa se ocupa de sus empleados en esos casos? Nunca viví esta situación como pasajera y quizá por ello nunca me había preguntado qué pasa con el maquinista, cómo sigue viviendo sintiéndose culpable de muertes que no estaba en sus manos evitar. Pensarlo –y leerlo– se pareció a un cimbronazo, a un balde de agua fría que tuvimos siempre delante y nunca pensamos que podía mojarnos.“-¿Sabés cómo se siente? Primero un golpe seco, como un disparo, y después, pegado a ese disparo, sentís cómo se revienta el cuerpo, los gritos de terror que no los cubrís con la bocina y que siguen oyéndose después de que el cuerpo se destrozó. Sentís cómo los huesos se quiebran debajo de tus pies”, relata Lucio, el maquinista que se convierte en una de las fuentes principales de la investigación que lleva a cabo Verónica cuando comienza a sospechar que, detrás de lo que parece un juego peligroso –dos niños que se desafían en las vías cuando el tren avanza–, hay una red delictiva que toca a altos funcionarios públicos.