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24 de julio de 2015

A Turquía en pocos pasos

En el marco del I Festival Nacional de Cine de General Pico se proyectó Sueño de invierno del cineasta turco Nuri Bilge Ceylan. Una historia en apariencia sencilla que, entre otras cosas, invita a conocer y comprender al otro.

Cuando en mayo del año pasado estuve en Turquía me quedé sin tiempo antes de visitar Capadocia y me tuve que conformar con algunas fotografías de lo que parecía ser un lugar único en el mundo: un paisaje lunar con formaciones de toba calcárea totalmente caprichosas que, a fuerza de excavaciones, se han convertido en hogares desde tiempos inmemoriales. Para mitigar un poco la ansiedad hasta que pueda volver –y también por otras razones que les contaré más adelante– en el I Festival Nacional de Cine de General Pico decidí ver Sueño de Invierno (Kis uykusu) del cineasta turco Nuri Bilge Ceylan.

El argumento del film es, en apariencia, sencillo: Aydın es un actor jubilado que dirige un hotel en la región de Anatolia central. Vive con su mujer –más joven que él– y con su hermana, quien acaba de divorciarse y mudarse allí con ellos. Al llegar el invierno, y con él la nieve, no sólo el ambiente se vuelve frío sino también las relaciones humanas, y salen a la luz las aflicciones, los rencores y los errores cometidos. Todo comienza con un niño rompiendo con una piedra la ventanilla del auto en el que van dos hombres y desde ese momento Aydın será el núcleo que entrelazará diferentes historias contadas a través de situaciones cotidianas –allí donde parece que no ocurre nada pero está ocurriendo todo– y enmarcadas en un paisaje imponente que influye –y acompaña– a los protagonistas. Pero la sencillez dura poco y a medida que el espectador va construyendo los personajes –porque éstos no están dados sino mostrados a través de largos diálogos y de analogías– los 195 minutos que dura la película se convierten en profundidad y reflexión sobre temas de los que ninguno de nosotros estamos exentos.

Y más allá de la belleza de las imágenes –no sólo por los escenarios naturales sino también por la fotografía, por las escenas interiores iluminadas sutilmente por el fuego– el film de Nuri Bilge Ceylan nos introduce en las zonas rurales de Turquía, en el islam y sus costumbres, en sus formas de ver el mundo, eso que buscamos también cuando viajamos: conocer al otro, acercarnos y volver a casa siendo un poco más humanos.


Esta reseña también fue publicada en El Lobo Estepario. Diario de Cultura

3 de julio de 2015

De la economía y otros asuntos

Pensada a modo de epílogo, la última novela de Petros Márkaris cierra la Trilogía de la Crisis con una reflexión acerca de cómo los errores de la gente de a pie pueden ser, a veces, la gota que rebalsa el vaso. 

Cuando el comisario Kostas Jaritos se da cuenta de que todas las pistas que sigue durante la investigación de una serie de asesinatos lo conducen a hechos ocurridos durante los años ’50 no se asombra y, por el contrario, concluye: “Ahora, con la crisis, emergen las cuentas pendientes”. Y es que si bien Hasta aquí hemos llegado, la última novela del autor de origen griego Petros Márkaris, está situada en la Atenas más actual –la de la crisis económica, las disputas con la Troika, las diferencias con la Unión Europea– las heridas aún no curadas de ese pasado reciente –y no tanto– salen a la luz cuando el contexto general se derrumba.
Las cosas para Jaritos no comienzan bien: su olfato le dice que detrás del suicidio de un empresario alemán de origen griego hay algo más, y a Katerina, su hija, dos miembros del partido neonazi Amanecer Dorado la golpean brutalmente a la salida de los juzgados. El primer suceso es reivindicado por un grupo desconocido hasta el momento, los Griegos de los años cincuenta, y es allí cuando los crímenes comienzan a entrelazarse con la historia del país heleno.
Narrada a modo de epílogo de la llamada Trilogía de la Crisis (conformada por los títulos Con el agua al cuello, Liquidación final y Pan, educación, libertad) esta novela completa la radiografía detallada y precisa de la situación económica en Grecia haciendo hincapié en cómo algunos errores de la gente común son, en muchas situaciones, la gota que rebalsa el vaso. Asimismo, y siguiendo las reglas de la autocrítica, Márkaris, que se define como un hombre de izquierda, no pierde tampoco la oportunidad de revisar las actitudes del Partido Comunista durante la segunda mitad del siglo XX y utiliza, para ello, a Zisis, un ex preso político comunista que, a modo de síntesis de algunas heridas todavía abiertas en la sociedad griega, es amigo de Jaritos, un policía pequeñoburgués. 

Sin dejar de lado su estilo habitual, el autor pone a Atenas en un rol protagonista: como telón de fondo de una historia policial pero también como una ciudad que siente, que vibra al ritmo de las sociedades del sur, con sus valores, sus ideologías y sus creencias. Una Atenas en la que hay cada vez menos autos, en la que la extrema derecha ha resurgido de entre las cenizas y en la que los índices de desempleo se han disparado a velocidades casi inalcanzables. Pero también está Jaritos, con sus reflexiones agudas y su humor cínico; su familia, a la que de a poco a lo largo de la serie se le han sumado integrantes tanto a través del matrimonio como de la amistad y el vínculo tirante, pero a la vez balsámico, con Zisis.
Petros Márkaris, quien ya ha anunciado que no escribirá más sobre la crisis económica, no sólo analiza durante la trilogía las tres patas que considera fundamentales a la hora de pensar la situación griega –los bancos, la evasión fiscal y la clase política– sino que también con este epílogo le deja al lector algunas preguntas sobre sus actitudes, sobre su forma de ver la realidad y de actuar en consecuencia. Una historia que refleja la mercantilización de la educación –y de la vida en general–, el deterioro lento pero continuo que provoca la corrupción y el dolor del desarraigo, no sólo por la nostalgia de la tierra sino también por la falta, oscura y agobiante, de un lugar en el cual sentirse en casa.

Hasta aquí hemos llegado
Petros Márkaris
Tusquets Editores
Trad. Ersi Marina Samará Spiliotopulu
282 págs. 


Esta reseña también fue publicada en El lobo estepario. Diario de cultura

18 de abril de 2015

Rose, o la historia del siglo XX

A Franz–Olivier Giesbert le basta el prólogo de su última novela, La cocinera de Himmler, para mostrar que se está ante una protagonista singular: Rose, por el momento de nacionalidad desconocida, cocinera, más de cien años, en contra de la pena de muerte cuando no es ella quien la aplica y dueña de una Glock 17 calibre 9 mm que lleva siempre en la cartera. Cuando en 2012 se acerca la fecha de su cumpleaños número 105 decide escribir sus memorias y es así que la historia se convierte casi en un ejercicio de mirada introspectiva y retrospectiva en el que Rose no sólo analiza su vida sino que la desnuda a tal punto de confesar, sin prurito alguno, situaciones que en el presente la avergüenzan, y mucho. 
Ocho años después de su nacimiento en Trebisonda, a orillas del Mar Negro, sufre el primero de los muchos golpes que la vida –y el siglo XX– le tienen preparados: el genocidio armenio. A partir de allí se cruzará con los horrores del nazismo, con la crudeza del stalinismo, con los primeros años del maoísmo, con la pérdida y la necesidad imperiosa de huir de algunos lugares. A estas situaciones las combatirá haciendo justicia por mano propia y se mantendrá viva por su deseo de venganza y su capacidad de analizar el mundo desde una perspectiva contraria al pensamiento generalizado. De esta manera, sus opiniones sobre la libertad, las tentaciones, la inteligencia, el amor –ese que según relatan los cuentos de hadas es siempre perfecto y eterno–, van a contramano de lo románticamente establecido pero a favor, quizá, de una existencia más tranquila. En La cocinera de Himmler Giesbert recurre también al humor y al cinismo pero de una manera particular, involucrando a quien lee y generando no sólo una sonrisa sino también una empatía casi inmediata. Y es que a pesar de las opiniones políticamente incorrectas con las que viste a su personaje, el autor apela a que en algunas ocasiones –si no en todas–, el lector estará de acuerdo con ellas aunque, a viva voz, no pueda –o quiera– confesarlo. Y es allí que surge la risa –como una especie de válvula de escape a una historia signada por la crudeza– y la comprensión de esta mujer que ha formado una coraza tras la cual ha sobrevivido. “No hay nada más estúpido que la gente inteligente”, afirma en relación a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, “Basta con alabar su ego para manipularlos a voluntad”.
Como si fuera un hilo fino que por momentos pareciera cortarse la historia de Rose hilvana los acontecimientos del siglo, narra lo macro desde lo micro y pinta, con una mirada cínica e irónica, qué fue y qué dejo ese momento histórico que Enrique Santos Discépolo llamó Cambalache. 

La cocinera de Himmler
Franz–Olivier Giesbert
Alfaguara
Trad. Juan Carlos Durán Romero
335 págs.  

Esta reseña fue también publicada en El Lobo Estepario-Diario de Cultura

11 de abril de 2015

La Argentina en tren: General Pico-Once (Segunda parte)

¿Todavía no leíste la primera parte? Buscala en: La Argentina en tren: Once-General Pico

Cuando yo era chica acá no había prácticamente nada. Estaba sí el estacionamiento, generalmente usado por quienes todavía no tenían mucha habilidad para maniobrar en las calles angostas del centro, y también el edificio de estilo inglés, con la pintura descascarada y las puertas cerradas. Al costado del andén, algo que todavía no ha cambiado, el yuyal. Pero de movimiento, pasajeros y guardas, nada. 
Cuando yo era chica el tren que llegaba a General Pico, La Pampa, era solamente el de carga. Pasaba en horarios indeterminados, a mí me parecía que era larguísimo y como iba lento porque las vías atraviesan el pueblo prácticamente en el centro, siempre daba la sensación de ser eterno.
Me acuerdo de todo esto mientras hoy, 25 de enero de 2015,  hago la cola –corta, apenas dos personas– para comprar el boleto de tren hasta Once. Viajo esta vez con Rodrigo, mi pareja, y queremos ir en camarote, no solamente por la comodidad sino también porque nos genera esa sensación extraña de estar experimentando algo que solamente ocurría en las novelas. Conseguimos uno de los últimos y volvemos a casa contentos a terminar de armar el bolso y a esperar las dos horas que faltan para que el tren, que hace el recorrido General Pico-Once los domingos, parta de la estación a las 15.21. Ya compramos unas empanadas para la cena, cargamos la batería de la computadora para poder ver una película y terminamos de hornear la torta que queremos llevarnos para merendar pero que finalmente olvidaremos. 

Atardecer en General Pico. El tren queda en la estación desde el sábado al
mediodía hasta el domingo a la tarde. 

5 de febrero de 2015

La Argentina en tren: Once-General Pico (Primera parte)

Son las 19.30 del 9 de enero y en la estación de Once la sensación térmica roza los 40 grados. La zona desde donde salen el tren de larga distancia que va hasta General Pico está repleta y la gente aguarda abanicándose, mojándose el cabello o bebiendo agua. Muchos todavía no han sacado el pasaje –cuya venta comienza el lunes de la semana de partida– y hacen cola en la boletería. Yo no me arriesgué y vine el primer día a las nueve de la mañana; no conseguir significa esperar una semana para poder viajar. Desde donde estoy parada veo que habilitan la puerta que da al andén y que la gente se agolpa aunque cada uno tiene su asiento ya asignado. De todas maneras el apuro es entendible: arriba del tren hay aire acondicionado.

4 de septiembre de 2014

La crisis griega en clave de ficción

Atenas
“No le deis más vueltas buscando explicaciones. La fatalidad es prima hermana de todos los griegos”, sentencia la esposa del comisario Kostas Jaritos en Pan, educación, libertad, la última novela de Petros Márkaris. Y luego agrega: “Hemos convivido con ella desde que tengo memoria. Cuando dejó de visitarnos durante algunos años, creímos que se había olvidado de nosotros. Y mira por dónde, ahora se ha vuelto a acordar”. Ahora es enero de 2014, Grecia ha regresado al dracma y las calles de Atenas se llenan de manifestantes tanto a favor como en contra. Como si algo de todo eso fuera poco, aparece asesinado un contratista y junto a él hay un teléfono móvil que emite el lema que los estudiantes de la Politécnica coreaban en 1973 contra la Dictadura de los Coroneles: “Pan, educación, libertad”. Jaritos, a quien le anuncian que le suspenderán el pago por tres meses debido a los recortes, sale otra vez a caminar Atenas, esa ciudad a la que este autor ha convertido en un personaje más.