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2 de marzo de 2018

Analía Argento: La guardería montonera. La vida en Cuba de los hijos de la Contraofensiva

Cuando en 1978 Montoneros decidió llevar adelante la Contraofensiva, la opción de volver al país con niños era inviable. La solución vino desde Cuba, en donde se montó una guardería para que los hijos de los militantes estuvieran a salvo y al cuidado de otros compañeros mientras sus padres regresaban a la Argentina. Analía Argento, periodista y Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires, reconstruyó esta historia en La guardería montonera. La vida en Cuba de los hijos de la Contraofensiva, un libro en cuya tapa una pequeña Amor Perdía se tapa el rostro y le muestra a la cámara los dedos en V.

Entre recuerdos, búsquedas y viajes a La Habana, la autora desliza detalles y pinta historias que abordan, desde la mirada infantil de quienes vivieron en la guardería, recovecos escondidos de los años en los que Argentina sufrió la peor de las dictaduras militares. Allí, la realidad de la patria se colaba entre las líneas de una carta, entre los fragmentos de una conversación, pero lo que estaba por encima de todo era el cuidado de los más chicos, de esos que tampoco podían volver porque ya circulaban rumores de lo que los militares estaban haciendo con los hijos de los secuestrados. 

Lo leí con un lápiz en la mano, lo subrayé, le hice anotaciones al margen. Como amante del lenguaje y de la comunicación, destaco lo siguiente: "Pero entonces Marito era como todos los chicos, quizás un poco más independiente. Aprendió, como otros niños, que allí nada era suyo ni lo sería nunca. Y se acostumbró a expresarse usando artículos en lugar de posesivos. Siempre fue "la" casa y no "mi" casa, porque nada fue "mío" ni "suyo", explica. A lo sumo "nuestro", le decían, porque era todo compartido o prestado por los compañeros o los cubanos". Un muestra, pequeñita y a la vez enorme, de todo lo que podemos decir casi sin darnos cuenta. 

Analía Argento es también autora de De vuelta a casa. Historias de hijos y nietos restituidos (Marea, 2008). Ambos libros ahondan en el pasado reciente de la Argentina. Ambos libros destacan una parte de la historia que suele quedar entre bambalinas. Ambos libros son, sin lugar a dudas, necesarios. 


La guardería montonera. La vida en Cuba de los hijos de la Contraofensiva
Analía Argento
252 pág.
Editorial Marea


17 de diciembre de 2016

Mariana Enríquez: Las cosas que perdimos en el fuego

Mariana Enríquez tiene una capacidad que podría llamarse espeluznante. Y es que en pocas líneas, con oraciones cortas e incisivas, es capaz de convertir en terrorífica la más común de las situaciones. Su último libro de cuentos, Las cosas que perdimos en el fuego, es un compendio de historias que narran cómo lo cotidiano, lo de todos los días, puede convertirse en la peor de las pesadillas. Y es eso, justamente, lo que genera el horror y, al mismo tiempo, la necesidad de seguir leyendo, de conocer qué hay detrás de la puerta de la cotidianeidad. Eso sí, si la abrimos, no hay vuelta atrás.
La periodista Leila Guerriero definió a estos cuentos como “un jadeo de agua negra” y es quizá esa jota, con su sonido rasposo, como de serrucho, la que termine de darle a la descripción su sentido último. Cuerpos que aparecen, desaparecen, barrios que se convierten por la noche y que muestran cómo al lado, en el zaguán de nuestra casa o en la esquina del bar, está lo otro, lo que no sospechamos, lo que nos negamos a ver. 

Mención aparte merecen los personajes construidos por Enríquez, quien sale a la calle a buscarlos, a delinearlos con el objetivo, probablemente, de que luego seamos nosotros capaces de reconocerlos. Si te he visto, en este caso, sí me acuerdo. Y es más, aunque veamos en ellos a otro, al diferente, lo terrible sobreviene cuando nos vemos nosotros, cuando nos damos cuenta que tenemos adentro algo de cada uno de ellos.
Adentrarse en este mundo no es para cualquiera. Hay que saber soportar los gritos y la culpa, porque nosotros también estamos ahí metidos, generando todo eso que nos atormenta. Si pudiéramos con ello, faltaría todavía un poco más: cerrar el libro, apagar la luz y dormir sin sobresaltos.
Once historias que valen la pena. Once historias que mezclan el terror –ese que nos atrae, que nos impide dejar de leer– con la rutina, con eso que somos cuando salimos de las páginas de la historia. Si lo hubiera sabido antes, de todas maneras, no habría dejado de leerlo. 

6 de diciembre de 2014

Josefina Licitra: "En Epecuén hay una idea de identidad muy sólida"

El pasado 10 de noviembre se cumplieron 29 años de la inundación de Villa Epecuén, en el partido bonaerense de Adolfo Alsina. Ese día, el agua de la laguna Epecuén rompió el terraplén y en no más de tres semanas toda la villa estaba sumergida. La periodista Josefina Licitra reconstruyó esta historia en su libro El agua mala y en esta entrevista habla de las circunstancias que llevaron a la tragedia, de cómo la vivencia reciente de la dictadura operó en la sociedad y del sentimiento de identidad que todavía genera ese lugar. 

Entrevista realizada junto con Damian Toschi en el marco del programa Derecho de Autor (AM 1390 Radio Universidad Nacional de La Plata. Sábados de 21 a 22)  

29 de noviembre de 2014

Ana Prieto: "Querer controlarlo todo es ciencia ficción"

Desde que terminé de leer Pánico. Diez minutos con la muerte quise conversar con su autora, Ana Prieto. Quería preguntarle por esa irrefrenable necesidad de controlarlo todo y la angustia que genera el saberse incapaz de realizarlo: "Hay que aceptar la incertidumbre y tomársela como una aventura y no como una desventura", dice Ana en esta entrevista. También habla del miedo al fracaso, del papel que juegan las redes sociales y de cómo algunos temores son propios de la sociedad actual. 

Entrevista realizada junto con Damian Toschi en el marco del programa radial Derecho de Autor (AM 1390 Radio Universidad Nacional de La Plata. Sábados de 21 a 22)



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Ana Prieto: Pánico. Diez minutos con la muerte

20 de noviembre de 2014

Ana Prieto: Pánico. Diez minutos con la muerte

Ana Prieto me mira desde la solapa de su libro: la foto es más o menos del tamaño de la del documento pero tomada desde otro ángulo. Ana tiene el pelo corto y morocho. Ana mira a la cámara (y, consecuentemente, me mira a mí) mientras esboza un gesto que de continuar seguramente terminaría en una sonrisa. Ana escribió un libro que se titula Pánico. Diez minutos con la muerte, un texto periodístico que me observa aún más que sus ojos oscuros.

Me enteré del libro a través de un tuit de la autora en el que mencionaba cómo algunos medios tratan los trastornos de ansiedad. Me hizo acordar a esas notas que de tanto en tanto salen en los llamados suplementos para la mujer y que te invitan a salir a caminar, hacer yoga y respirar profundo para bajar los niveles de estrés y que, como mínimo, nos deberían llamar la atención porque casi siempre en la foto ilustrativa hay chicas, como si los hombres estuvieran milagrosamente absueltos. Poco después me lo volví a cruzar en una gacetilla de prensa de Editorial Marea y ahí pude ver una tapa negra con una imagen feroz de Medusa: ojos casi desorbitados y la boca abierta como en un grito fosilizado. 

2 de noviembre de 2014

Eduardo Sacheri: Ser feliz era esto

"Atención, aquí y ahora", gritan los pájaros parlantes de Aldous Huxley en su obra La Isla. Y aquí y ahora, aunque parezca una exhortación tan simple, implica muchas cosas, sobre todo algunas que no queremos o no estamos todavía preparados para ver. 

Algo similar le sucede a Lucas, uno de los protagonistas de la última novela de Eduardo Sacheri, Ser feliz era esto, cuando una niña de 14 años que dice ser su hija toca el timbre de su casa. Todas las alarmas comienzan a sonar: algunas ponen el foco en lo que está haciendo de su vida, otras en cómo maneja sus relaciones y poco a poco el aquí y el ahora se imponen para mostrarle a este personaje que no basta con sobrevivir y seguir el camino como lo hace el agua del río, que va siempre por allí porque es lo más cómodo, lo que ya está marcado. Lucas, a la fuerza, se da cuenta que siempre es mejor elegir y que de tanto en tanto es necesario replantearse quiénes somos, qué estamos haciendo y por qué estamos allí.

Con una prosa desestructurada y sincera, digna de la niña de catorce años a través de la que conocemos la historia, Sacheri nos da un cimbronazo, nos muestra todo lo que conlleva el miedo, las indecisiones y cómo a veces necesitamos mirarnos en un espejo para darnos cuenta de aquello que tenemos que cambiar, y que claro, siempre, pero siempre, cuesta. Es así que Ser feliz era esto se convierte también en una novela sobre los pequeños grandes héroes, esos que libran una lucha diaria contra el mundo y sobre todo, contra ellos mismos. 

Sofía, la hija de Lucas, la adolescente que se animó a subirse a un colectivo en Villa Gesell con destino a Morón sin saber siquiera con quién iba a encontrarse del otro lado nos mira por dentro, nos analiza y nos ayuda a ser conscientes de ese aquí y ese ahora, de esa inminente necesidad de decidir en todo momento quiénes somos y sobre todo, quiénes queremos ser. 

15 de octubre de 2014

Sergio Olguín: La fragilidad de los cuerpos

Un suicidio desde la terraza de un edificio en Talcahuano al 1000. Un cuerpo que, con un tiro en la sien, cae al vacío y se estrella contra el asfalto mojado por la lluvia y una carta que explica, a medias, esa muerte. El cable de Télam con los datos de lo ocurrido llega a las manos de Verónica Rosenthal, periodista de investigación de la revista Nuestro Tiempo que intuye que detrás de todo eso hay algo más.

El primer golpe llega a las pocas páginas: ¿Cómo se recupera psicológicamente un conductor de trenes que, mientras conduce la formación, atropella a una persona? ¿De qué manera la empresa se ocupa de sus empleados en esos casos? Nunca viví esta situación como pasajera y quizá por ello nunca me había preguntado qué pasa con el maquinista, cómo sigue viviendo sintiéndose culpable de muertes que no estaba en sus manos evitar. Pensarlo –y leerlo– se pareció a un cimbronazo, a un balde de agua fría que tuvimos siempre delante y nunca pensamos que podía mojarnos.“-¿Sabés cómo se siente? Primero un golpe seco, como un disparo, y después, pegado a ese disparo, sentís cómo se revienta el cuerpo, los gritos de terror que no los cubrís con la bocina y que siguen oyéndose después de que el cuerpo se destrozó. Sentís cómo los huesos se quiebran debajo de tus pies”, relata Lucio, el maquinista que se convierte en una de las fuentes principales de la investigación que lleva a cabo Verónica cuando comienza a sospechar que, detrás de lo que parece un juego peligroso –dos niños que se desafían en las vías cuando el tren avanza–, hay una red delictiva que toca a altos funcionarios públicos. 

4 de octubre de 2014

Laura Alcoba: "Escribo en francés como una forma de agradecimiento"

El 19 de septiembre Laura Alcoba presentó en La Plata su última novela El azul de las abejas, una historia, tal como ella la define, de exilios, de lengua y de color.  En esta breve entrevista con Radio Universidad Nacional de La Plata habla del exilio, de la relación existente entre Francia y Argentina y afirma que escribe en francés, entre otras razones, porque lo siente como una forma de agradecimiento. 

Entrevista realizada junto con Damian Toschi en el marco del programa radial Derecho de Autor (AM 1390 Radio Universidad Nacional de La Plata. Sábados de 21 a 22)




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Laura Alcoba: El azul de las abejas

Laura Alcoba: El azul de las abejas


Laura Alcoba en la presentación de su libro en La Plata
Son las siete de la tarde del viernes 19 de septiembre y mientras conversa en un patio interno del Centro Cultural Atahualpa con una mujer bajita y de pelo rizado Laura Alcoba espera para presentar, por cuarta vez en cuatro días, su última novela El azul de las abejas (Editorial Edhasa). En esta oportunidad la cita es en La Plata, ciudad en la que vivió hasta los diez años y que pintó en su primer libro La casa de los conejos, en donde desde la mirada de una niña cuenta cómo fue vivir durante los años 1975 y 1976 en la casa que hoy se conoce como Mariani-Teruggi.

2 de octubre de 2012

Mi nombre es Victoria




Otro testimonio sobre la dictadura no es simplemente uno más. Primero, porque tiene nombre y apellido -Victoria Donda Pérez, en este caso- y segundo porque las heridas que no están todavía cerradas son tan actuales como lo fueron en esa época. Y eso sin contar que a las nuevas generaciones no se les puede permitir olvidar algo que no vivieron, lo cual sin lugar a dudas, es mucho más difícil. En 2009 Editorial Sudamericana publicó Mi nombre es Victoria. Una lucha por la identidad, libro que deja en evidencia la necesidad de justicia, la actualidad de los crímenes y la inagotable lucha de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, así como también de H.I.J.O.S, para cicatrizar algunas de esas heridas, removiendo un pasado doloroso y oculto deliberadamente.


Victoria lo describe como una cuenta regresiva que culminó cuando a los 27 años se enteró que era hija de María Hilda Pérez y José María Donda, ambos desaparecidos durante la última dictadura militar. En ese momento supo también que había nacido en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y que a los quince días había sido arrancada de los brazos de su madre y dada a una familia relacionada con el poder. En el lóbulo de una de sus orejas llevaba unos hilitos azules que Cori, su madre, le había cosido con la esperanza de reconocerla.

En el momento de la verdad Analía se convirtió en Victoria Donda Pérez y en la nieta recuperada número 78, sumándose su historia no sólo a la de los otros hijos de desaparecidos sino también a la de los que aún faltan por encontrar y a la de todos los argentinos. “Mi historia, entonces, que no es solo mía sino de todos, es el grano de arena que me permito aportar para descubrir aunque sea un poco más de esa verdad”, escribió la actual diputada nacional por el Movimiento Libres del Sur en su libro Mi nombre es Victoria. Una lucha por la identidad.

Por eso, y por mucho más, libros como éste son necesarios, porque no sólo ayudan a recordar, sino, lo que es mucho más importante, a no olvidar.

5 de abril de 2012

De policiales y otros asuntos


Basta mirar la tapa del último libro de Martín Malharro, Calibre .45, para darse cuenta que San Telmo vibra en esas páginas. Allí está el Bar Británico, en esa mítica esquina frente al Parque Lezama, la calle Brasil empedrada y atravesándola, como si fueran finas venas de metal, las vías de un tranvía que hace mucho no circula.

Y si en la portada está San Telmo, y por ende Buenos Aires, adentro está Raymond Chandler, perfectamente visible en los diálogos ácidos y las descripciones minuciosas. Y éstas últimas están allí para permitirle al lector escuchar la voz del protagonista, sentir el olor a madera del mobiliario del Británico y creerse, aunque sea por un instante, que están parados en esa esquina mirando como Mariani, detective de barrio que busca mujeres infieles y cosas perdidas, se inmiscuye en el robo de unas monedas antiguas que tiene como corolario -o como inicio, según desde dónde se lo mire- un asesinato: La llovizna que mojaba San Telmo había espantado a los turistas y visitantes ocasionales. La calle Defensa estaba vacía y una hojarasca de papeles y detritus empapados como restos de un festín miserable, yacían tirados en las veredas y el empedrado (1).


Descrito por el propio Malharro como un detective lumpen, un antihéroe y un tipo amoral, Mariani recorre con el lector los entramados de las falsificaciones y el robo de obras de arte, pero no a la manera del detective inglés, lógico y sagaz. El protagonista de Calibre .45 es un hombre de barrio, que investiga, se involucra en el problema, lo amenazan, cambia de identidad para hablar con determinadas personas y llega al fondo del misterio después de haber dudado muchas veces si seguir o tirar todo al diablo: El gordo Demarchi meneó la cabeza, escupió en el piso y cebó otro mate. El lento goteo de una canilla era el único ruido que se oía en el taller. 
–Te lo dije, Mariani. Demasiado fácil para tanta guita. En fin, la cagada ya está hecha. ¿Qué vas a hacer?
–No lo sé. 
–Quedáte en el molde, esperá a que se enfríe la cosa. 
–El que va a terminar enfriado voy a ser yo. Lo que no entiendo es por qué carajo Mariscoll, o como se llame, me dejó anoche la moneda junto a una lista. No lo entiendo… (2)


Quedan por destacar de esta novela la investigación en torno a la numismática, que sale a la luz a través de términos precisos y datos históricos que el lector va incorporando casi al mismo tiempo que Mariani y la mixtura entre la realidad y la ficción, en donde, según el propio autor, los personajes son sacados de la realidad. Del la misma manera parte de las historias las ha tomado de ese San Telmo al que adoptó como su hogar, ya que alguna vez dijo, y los que estábamos en el aula del Taller de Producción Gráfica III de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (UNLP) lo escuchamos, que San Telmo es el lugar donde debe vivir todo escritor.

1. Malharro, Martín; Calibre .45. 2010, Buenos Aires: Mil Botellas Editorial. Pág. 86
2. Malharro, Martín; Calibre .45. 2010, Buenos Aires: Mil Botellas Editorial. Pág. 133

11 de enero de 2012

Y seguí cantando...

Fotografía: Archivo del diario La Nación
  Tenía los ojos azules y el cabello corto y rubio, tenía la voz dulce y las manos suaves de tanto escribir. Tenía también un nombre único y miles de ojos inocentes pendientes de su obra, miles de infancias dibujadas en un mundo del revés. Se llamaba María Elena Walsh y hace un año, un 10 de enero, fallecía en Buenos Aires aquella mujer de 80 años que pintó reinas batatas, perros salchichas y tardes de té en la memoria de varias generaciones.
  Fue también esta mujer, nacida el 1 de febrero de 1930 en Ramos Mejía, la que se declaró antiperonista, feminista, la que viajó a París a cantar folclore junto a Leda Valladares y la que desde las páginas de un diario acusó a la dictadura militar de convertir a la Argentina en un país jardín-de-infantes, en donde sus habitantes una vez desaparecido el censor “habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: ‘¿Nosotros qué eramos…?’”1 . Años más tarde hablaría del menemismo, de la carpa blanca de los docentes, seguiría siendo la escritora, la cantautora, la mujer con determinación y fuerte personalidad que se dedicó a los niños revolucionando la literatura infantil con vacas en la escuela, brujos y naranjas paseanderas, transportando a los chicos a su realidad y enseñándoles, desde allí, a ver el mundo.
  También levantó polvaredas, no sólo con sus opiniones sino también con sus elecciones, ya sea por su sexualidad o su iniciativa de conquistar Europa a través del folclore, pero siempre siguió siendo la dulce María Elena de “Canciones para mirar” y “Doña Disparate y Bambuco”, espectáculos teatrales que allá por los años ’60 le mostraron tanto a grandes como a chicos que el mundo podía también leerse en clave de disparate.
  Otoño imperdonable se llamó su primer libro de poemas publicado en 1947 cuando tenía apenas 17 años. Verano imperdonable el de 2011 que se llevó de este mundo a quien pintó tantos otros, a quien a más de una generación de niños les enseñó a crecer y a quien seguirá, porque el arte tiene esa mítica característica de ser eterno, en las infancias pasadas y en las muchas que todavía quedan por venir. Como la cigarra, seguirá cantando.

1 Walsh, María Elena; Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes. Clarín, 16 de agosto de 1976.


3 de octubre de 2009

Julio Cortázar: Cambio de luces



Cuántas veces pasa de imaginar algo y una vez frente a ello, ver que es totalmente diferente. Se genera una sensación de querer cambiarlo, o por qué no, de cierta angustia al ver que lo pensado no es como se creía. Y fue eso justamente lo que les pasó a los personajes de “Cambio de luces”, que, incluido en el libro de cuentos “Alguien que anda por ahí” (1977) refleja, de una forma obstinada quizá, lo que se siente cuando, proveniente de la imaginación, el contacto con la realidad decepciona.

Cada uno tenía del otro una imagen ya formada, él alto y con el pelo crespo, ella castaña y sentada en un sillón de mimbre en una galería con luz tenue. Sin embargo, al momento de conocerse, se podría decir que se desconocieron. Ni él tenía el pelo crespo, ni ella era castaña; su casa tampoco tenía una galería y por lo tanto, la luz tenue proveniente de la claraboya también pasaba a ser parte del imaginario. Y era como conocer a otra persona, era la imposibilidad de encontrar en el cuerpo del otro lo que sus palabras habían logrado esbozar, el aspecto exterior que ellas habían creado “(…) casi al final me dijo que me había imaginado más alto, con pelo crespo y ojos grises (…)”.

Sin embargo, Cortázar no creó de esa situación un obstáculo. Sí lo hizo un hilo conductor a lo largo de la historia que movió a los personajes no sólo a cambiar el color original de su cabello, sino también a llevar adelanto ciertos caprichos que intentaban reproducir esa primera impresión, esa imagen fruto de la mente que seguía, quizá sin saberlo, interrumpiendo la cotidianidad. Era como limitarse a buscar lo creado por uno mismo, enamorarse de algo que uno había elaborado, e intentar que la persona a su lado reprodujera esa fantasía.

Pero todos los cambios producen una consecuencia, toda acción tiene su reacción, y la de esta vida creada a imagen y semejanza de un imaginario también la tuvo, positiva o negativa, eso será tarea del lector, o porqué no, de los mismos protagonistas que, a lo largo de la historia fueron creando su propio mundo, lástima que no lograron hacerlo de otra forma más que separados.


*Publicado en el suplemento cultural “La Galera” del diario La Reforma (General Pico, La Pampa). Domingo 16 de septiembre de 2007.

26 de septiembre de 2009

Julio Cortázar: Todos los fuegos el fuego



No siempre son indispensables cuentos diferentes para relatar dos historias. Tampoco es necesario distinguirlas cuando hay entre ellas un lazo que las une a pesar de que el tiempo y, posiblemente el espacio geográfico, las separan.

Fue Julio Florencio Cortázar quien, en “Todos los fuegos el fuego” (incluido en el libro de relatos homónimo), supo amalgamar personajes distintos, tiempos abrumadoramente dispares y un mismo final. Y todo ello está marcado por indicios, el circo romano, los escudos de bronce, el teléfono y porqué no también, los cigarrillos. Sobreviene una historia a la otra sin aviso, sólo estos sutiles indicadores que sirven también como temporizadores del relato, para ubicar a quien lee, en tiempo y espacio. “Antes de marcar el número de Roland, la mano de Jeanne ha andado por las páginas de una revista de modas, un tubo de pastillas calmantes, el lomo del gato ovillado en el sofá. (…) Necesitaría más tiempo, las horas tabernarias que siguen a los triunfos, para entender quizá la razón de que el procónsul no vaya a pagarle con monedas de oro”.

Pero están también las circunstancias que las unen, aquellas que, atravesando la humanidad, perduran en el tiempo, tienen para sí la tan ansiada calidad de inmortales. Y es que tanto el engaño como la muerte, desde perspectivas completamente dispares, han sido siempre partes de la vida del hombre. Y aquí representan el lazo, la unión, cuando, paradójicamente, se las relaciona con los conceptos opuestos, con el adiós, la despedida. “Irene se vuelve al oír su grito (del procónsul), le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. ‘No podemos salir’, dice, ‘están amontonados ahí abajo como animales’. Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del abrazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse, ahogado por el humo negro”.

Y el resultado es un cuento diferente, original, que lleva al lector a ir organizándolo, armándolo, siguiendo, por así decirlo, las pistas que el autor fue esparciendo entre frases, diálogos y puntuaciones. Dos lecturas, tres y hasta incluso cuatro son necesarias para no eludir ningún detalle, para ser capaces de apreciar con qué genial maestría Cortázar fue capaz de escribir estas dos historias que tienen tanta cosas en común pero también sus diferencias, y vaya si el tiempo no parece una distancia infranqueable…

Publicado en el suplemento cultural “La Galera” del diario La Reforma (General Pico, La Pampa). Domingo 3 de febrero de 2008.

24 de septiembre de 2009

Ernesto Sábato: El túnel

¿Cómo puede estar un hombre más despojado que haciendo confesiones sobre un amor verdadero -al que no sabe cómo definir- y el asesinato de la mujer que provocaba ese sentimiento? Asesinato que comete él mismo agobiado por su constante necesidad de cargar, sobre los hombros de María Iribarne, su propia existencia. Con el recuerdo de dicha muerte comienza “El túnel”, una de las novelas más célebres de Ernesto Sábato publicada por primera vez en 1948. Y no son sólo los detalles de la historia los que atrapan, sino también la locura que sufre Juan Pablo Castel y cómo, a través de una escueta descripción de María en la que predominan sus rasgos negativos, el protagonista se excusa y busca poner a quien lee de su lado; busca que finalmente, alguien después de Iribarne, lo comprenda. Por eso es que “El túnel” refleja también la incomunicación y la infelicidad del hombre del Siglo XX que no encuentra esperanza alguna y vive pendiente de cosas superficiales. “Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté”. Y es esta contradicción la que lo acompaña a lo largo de una novela cargada de existencialismo que pone sobre la mesa preguntas como ¿por qué vivimos? ¿por qué morimos? ¿cómo hago para salir de mi túnel oscuro y solitario?.

Y como trasfondo, además de una descripción de Buenos Aires que nos permite, al ir, buscar desesperadamente a María entre el gentío como alguna vez lo hizo Castel mientras inventaba en solitario diálogos con ella, Sábato deja a la luz sentimientos negativos que hacen de Juan Pablo un personaje tan singular, “(…) desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica”. Y por más que se lea una y otra vez, siempre queda en el aire la duda de cuál habrá sido la realidad. Porque la escritura en primera persona que eligió Sábato no hace otra cosa más que convertirnos en subordinados de Castel. Vemos todo a través de sus ojos, los de un hombre que no sólo no estaba preparado para los cambios que se produjeron en el mundo, sino que tampoco sabía cómo llevar adelante una vida que cargaba sobre los hombros ajenos a los que culpaba de sus propias desdichas.
*Publicado en el suplemento cultural “La Galera” del diario La Reforma (General Pico, La Pampa). Domingo 28 de enero de 2007.