11 de enero de 2012

Y seguí cantando...

Fotografía: Archivo del diario La Nación
  Tenía los ojos azules y el cabello corto y rubio, tenía la voz dulce y las manos suaves de tanto escribir. Tenía también un nombre único y miles de ojos inocentes pendientes de su obra, miles de infancias dibujadas en un mundo del revés. Se llamaba María Elena Walsh y hace un año, un 10 de enero, fallecía en Buenos Aires aquella mujer de 80 años que pintó reinas batatas, perros salchichas y tardes de té en la memoria de varias generaciones.
  Fue también esta mujer, nacida el 1 de febrero de 1930 en Ramos Mejía, la que se declaró antiperonista, feminista, la que viajó a París a cantar folclore junto a Leda Valladares y la que desde las páginas de un diario acusó a la dictadura militar de convertir a la Argentina en un país jardín-de-infantes, en donde sus habitantes una vez desaparecido el censor “habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: ‘¿Nosotros qué eramos…?’”1 . Años más tarde hablaría del menemismo, de la carpa blanca de los docentes, seguiría siendo la escritora, la cantautora, la mujer con determinación y fuerte personalidad que se dedicó a los niños revolucionando la literatura infantil con vacas en la escuela, brujos y naranjas paseanderas, transportando a los chicos a su realidad y enseñándoles, desde allí, a ver el mundo.
  También levantó polvaredas, no sólo con sus opiniones sino también con sus elecciones, ya sea por su sexualidad o su iniciativa de conquistar Europa a través del folclore, pero siempre siguió siendo la dulce María Elena de “Canciones para mirar” y “Doña Disparate y Bambuco”, espectáculos teatrales que allá por los años ’60 le mostraron tanto a grandes como a chicos que el mundo podía también leerse en clave de disparate.
  Otoño imperdonable se llamó su primer libro de poemas publicado en 1947 cuando tenía apenas 17 años. Verano imperdonable el de 2011 que se llevó de este mundo a quien pintó tantos otros, a quien a más de una generación de niños les enseñó a crecer y a quien seguirá, porque el arte tiene esa mítica característica de ser eterno, en las infancias pasadas y en las muchas que todavía quedan por venir. Como la cigarra, seguirá cantando.

1 Walsh, María Elena; Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes. Clarín, 16 de agosto de 1976.