Son las once de la noche de un martes frío de noviembre y la fila de autos para ingresar a la feria La Salada ocupa ocho cuadras. La mayoría son combis que llevan entre diez y doce personas desde las localidades cercanas a Ingeniero Budge (Partido de Lomas de Zamora), aunque también hay autos particulares de todas las marcas y modelos. La fila apenas se mueve, y algunos impacientes al ver que nadie viene en la mano contraria, se pasan a la izquierda para adelantar. Hasta que alguno aparece.
–¡Te voy a reventar el auto de mierda que tenés! –le grita uno de los choferes que pretende salir de la feria al conductor de un Renault 9 destartalado que avanza en contramano.
El hombre lo mira desde arriba del auto y por el espejo retrovisor pispea la cantidad de vehículos que lo siguieron y que ahora están tan atascados como él. No se baja cuando el otro viene a gritarle junto a la ventanilla y se limita a esperar a poder colarse en la larga fila que va por la derecha.
La calle está llena de gente que también entra a la feria, pero caminando. Aunque es noviembre hace frío, por lo que casi todos llevan camperas de abrigo, y una joven mamá acurruca a su bebé contra su pecho mientras lo tapa con una frazada celeste. En las casas cuyo frente da a la Ribera Sud también se ve movimiento y las luces prendidas; las que están más cerca de la feria aprovechan sus instalaciones y alquilan el baño o en algunos casos el garaje para hacer de depósito. Hombres y mujeres con chalecos naranjas organizan el tránsito que llega todos los martes y sábados por la noche a comprar mercadería barata en la feria, ya que aunque el 90% de los puestos se dedique exclusivamente a la indumentaria, también se encuentran artículos de electrónica, CDs, DVDs, juguetes y calzado.
Una vez que se cruzan las vías del ferrocarril Belgrano Sur, ya se considera que se está dentro de la feria ilegal más grande de Latinoamérica que factura por día 150 millones de pesos, según Jorge Castillo el administrador de Punta Mogote, uno de los más grandes paseos de compras que conforman La Salada. Los otros tres de gran tamaño son Urkupiña (en honor a la advocación de la Virgen María que se venera en Bolivia), Ocean y La Ribera, que les quitan protagonismo a otros más pequeños como Valencia y Atlántida. Todos son techados y ocupan un predio de 20 hectáreas, llegando a tener en total 15 mil puestos de venta sin contar lo que se han ido estableciendo en los márgenes del Riachuelo o Río Matanza. También hay puestos al aire libre entre un galpón y el otro, en los que no sólo se vende ropa sino también comida, alguna típica como la consistente sopa paraguaya, brochés de corazón e hígado fritos en un disco de arado o hamburguesas cocidas en una parrilla móvil. Los aromas a comida se mezclan y según cómo sople el viento llega también el olor del Riachuelo que está a menos de veinte metros.
Quienes son asiduos a la feria son también capaces de reconocer un galpón de otro. Urkupiñas S.A. y Ocean S.A. son las dos más antiguos, los que primero surgieron en 1991 cuando algunas personas de nacionalidad boliviana colocaron puestos de ropa en lo que durante el segundo gobierno de Juan Domingo Perón había sido un balneario. El primero, a pesar de ser el más grande, es el que tiene los pasillos más angostos y en el que la gente está más apretada; más de uno tiene que agacharse para pasar bajo las camisas Lacoste que cuelgan de una percha blanca o hacerse paso entre las musculosas de mujer a ocho pesos que un hombre ofrece a cuanta señorita ve pasar. Definida por la Unión Europea como un “emblema mundial del comercio ilegal”, algunos puestos de la feria venden marcas “duplicadas” y lo informan a través de una gomina pegada en la ropa. Una remera a rayas celeste y blanca de algodón marca Paula Cahen D’Anvers a veintiocho pesos ostenta el cartelito que la pone a salvo de la mentira. Otros prefieren vender sus propias marcas, y le ofrecen al público aquella ropa que han confeccionado a lo largo de toda la semana.
Los baños son diferentes según el precio que cada uno esté dispuesto a pagar, los hay gratis, de un peso, de uno cincuenta y los “Súper Higiénicos”, promocionados por un cartel en el límite de Punta Mogote, que cuesta tres pesos. Si bien a partir de los que cobran un peso con cincuenta hay una chica que constantemente los intenta mantener en condiciones, la higiene no es lo que prima y en algunos falta agua. Contra todos los pronósticos la cola para entrar no es exclusiva de los baños femeninos, y mientras se aguarda para pasar una muchacha cobra la entrada y ofrece rollitos de papel higiénico para quienes no han llevado en la cartera.
Sin bien en todos los galpones hay stands, algunos comerciantes convirtieron el suyo en un pequeño local, con mostrador, vidriera y maniquís promocionando la ropa en venta. Otros, sin tener un lugar fijo venden también en forma ambulante sus productos, que van desde cremas para los hongos, hasta especias, animales y accesorios para el hogar como espejos o percheros de madera. En La Salada, todos tienen lugar.
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–¡Carroooo! –gritan, reemplazando a la palabra “permiso”, los comerciantes que han alquilado o comprado un carro de hierro para transportar las enormes bolsas de lona azul que van llenando con mercadería.
En algunos casos, este trabajo también se terceriza, y muchachos llevan los bolsones hasta los colectivos por la módica suma de tres pesos el viaje. Los que no comprarán tanto optan por portar sus propias prendas en bolsos que luego deberán trasladar cuesta arriba por la rampa que lleva al estacionamiento de las combis.
El proceso de compra es sencillo, sobre todo para quienes son habitué a la feria, es decir, aquellos que tienen negocios de ropa y se abastecen en La Salada. Primero se toca la calidad de la prenda, y si se la considera lo suficientemente buena se pregunta el precio sin que medien en el diálogo otras palabras o frases hechas.
–¿Cuánto cuestan estas?–pregunta una mujer que lleva al hombro la característica bolsa de lona azul todavía bastante vacía y que toca con los dedos pulgar e índice una camisa de jean Levi’s.
–Veinte al por mayor, dos pesos más si lleva menos de tres prendas –le contesta sin mirarla una mujer de pelo largo y oscuro que mece entre los brazos a un bebé de pocos meses.
–Me llevo veinte en modelos diferentes.
–¡Celeste! Dale a la señora veinte camisas de las Levi’s –grita y el bebé se acomoda entre los pliegues de una sábana.
La preponderancia de la venta al por mayor está también marcada en la ausencia de probadores, y sólo algunos stands dejan probar las remeras arriba de la que el cliente ha traído puesta.
–Vos sos chiquitita, este talle te tiene que ir bien seguro –afirma una vendedora de ropa deportiva a una muchacha que quiere comprar una falda para salir a caminar.
De fondo suena un reggaetón y la jovencita del puesto de enfrente mueve los hombros y las caderas. Algunos stands tienen sus propios equipos de música y los que se dedican a vender CDs lo pasan por los altavoces para promocionarlos. A medida que se avanza por los pasillos los estilos van cambiando y Don Omar le deja paso a un enérgico Alejandro Sanz que canta con Shakira “La Tortura”.
Punta Mogote, además de ser uno de los paseos de compra más conocidos y según declaraciones de Castillo al programa televisivo de América “Documentos América”, “el mejor organizado”, se caracteriza por albergar entre sus puestos a la Barby Pop, una ostentosa mujer de medidas voluptuosas que vende ropa femenina de marca propia. Sus dos stands, el 9 y el 11 del pasillo 3 están adornados con sus fotografías y están siempre llenos de curiosos que quieren conocer a la mujer que pocas semanas atrás estuvo sentada a la mesa con Mirtha Legrand. Parados en los alrededores dos guardaespaldas custodian la integridad de quien ha sido coronada como La Reina de la Salada.
En algunos de estos pasillos hay también televisores plasma que promocionan el reciente canal La Salada Tv, una carnicería y panaderías para que a los que les agarra allí adentro la hora del desayuno puedan tomarse un café con leche y medialunas. De tanto en tanto por los pasillos aparecen también carros de supermercado que ofrecen botellas de 500 cc. a seis pesos. Beber y comer en La Salada no es barato. En un local al fondo de un pasillo iluminado por luces blancas y con apenas algunos puestos de ropa abiertos, un matrimonio vende porciones de tarta de jamón y queso a cuatro pesos.
–Estos puestos de acá ya están cerrados porque los dueños vendieron todo y se fueron a dormir, el domingo será otro día.
El martes es el primer día de la semana en el que el predio abre sus puertas, desde las once hasta las seis o siete de la mañana, aunque no hay fijo un horario de cierre, sino que depende de las ventas e incluso algunos puestos cierran antes y toman su lugar otros que no han llegado aún a vender todo lo esperado. El domingo a partir de la medianoche La Salada está nuevamente lista para recibir a los comerciantes que llegan desde todo el país a abastecerse para luego revender en sus negocios. No se suspende por lluvias y no abre los feriados, excepto que estos caigan martes o domingo, son esos días y no hay más.
También están quienes, generalmente al aire libre, a través de habilidades y engaños visuales, se ganan la vida. Sólo necesitan una mesa, tres vasos y una pelotita escondida bajo alguno de ellos.
–El domingo le sacaron a un tipo cerca de setecientos pesos, se quería matar, pero es obvio, si está todo arreglado –le comenta uno de los guardias de seguridad privados a uno de los puesteros que mientras tanto dobla las remeras que acababa de mostrarle a una mujer.
Alrededor del espectáculo se agrupan tres mujeres quienes, luego de pagarle su apuesta a una muchacha que ostentaba los billetes entre los dedos, intentan deducir dónde se encuentra la pequeña pelota de goma.
–¡Es imposible! Estaba segura de que había quedado bajo el otro vaso –protesta cuando se da cuenta que ha perdido diez pesos. Y saca de la billetera otros diez más.
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A medida que pasaron los años y la feria fue creciendo se incrementaron también los precios de los stands, llegando a valer hoy el metro cuadrado cuatro veces más de lo que sale en Puerto Madero, el barrio más exclusivo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El junio pasado un puesto de 2 metros por 2 metros fue vendido en cien mil dólares, es decir que se pagó 25 mil dólares el metro cuadrado. Castillo afirma que durante el 2009 las ventas ascendieron a 15 mil millones de pesos siendo visitada aproximadamente por un millón de personas cada vez que abre sus puertas, a lo que este año se le han sumado las ventas a través de la página web (www.mercadolasalada.com), medio por el cual ya han realizado exportaciones a países limítrofes. Las próximas metas a alcanzar son un complejo de cines y una terminal para organizar las entradas y salidas de los más de doscientos micros de larga distancia que llegan cada día.
Ya son las cuatro y media de la madrugada y algunas combis comienzan a irse. A través de altoparlantes se les informa a los pasajeros impuntuales que el vehículo está por retirarse y algunos llegan corriendo y agitados al haber tenido que subir apurados la rampa con el bolsón lleno de ropa a cuesta. El camino de salida no está tan congestionado y en menos de cinco minutos puede llegarse al Puente de La Noria, el límite físico entre la Capital Federal y el conurbano bonaerense. Adentro, La Salada sigue funcionando como un mundo aparte que abre sus puertas de noche y que atrae millones de personas que buscan precios económicos y marcas alternativas; el paraíso de la ilegalidad, la feria más grande de Latinoamérica y un panorama inusual los martes y domingos que hace que la madrugada de Ingeniero Budge tengan algo del ritmo de un sábado por la tarde.