No piden documentos, y para entrar basta pasar por el detector de metales escoltado por dos muchachos de seguridad. Adentro del Bingo de La Plata, ubicado en diagonal 80 y 116, a una cuadra y media de la Estación de Trenes General Roca, no se diferencia el día de la noche y el ambiente está cargado de olor a humo. Esta sala de juego (una de las catorce que tiene la empresa Codere en el país) cuenta con un bingo (abierto más de doce horas por día) y un salón de máquinas (las 24 horas menos los lunes que permanece cerrado entre las cinco y las nueve de la mañana). En este último, diferenciados por paneles y puertas de vidrio hay también dos sectores de ruletas electrónicas, cada uno con un mínimo de apuesta diferente.
Son las once de la noche del viernes y en la sala de bingo quedan sólo treinta lugares vacíos. En las sillas mullidas y tapizadas de bordó, cómodas para que no se note que las horas pasan, los jugadores se acomodan y buscan veinte pesos en sus billeteras para comprar una serie y pegarla con unos stickers a la mesa para que no se mueva. Por ser hora en punto el cartón vale tres pesos y el pozo acumula dos mil doscientos seis; la próxima ronda y hasta que den las doce, el valor vuelve a ser de un peso y el monto del premio baja a la mitad.
–Hace una hora que estoy, me tomé un café, me comí un tostado con un agua mineral y me voy con la cabeza gacha –comenta un hombre canoso y con la mano derecha vendada que está sentado en una de las mesas cercanas al baño.
Una señora teñida de castaño oscuro y con uñas bordó descascaradas sentada en la misma mesa pinta compulsivamente los logos de la Lotería de la Provincia de Buenos Aires que aparecen en los tres cartones que acaba de comprar y luego los frota contra el vidrio que cubre la mesa redonda. Los vendedores, vestidos de un sobrio marrón claro, informan que “no va más” y comienzan a cantarse las bolillas con tres segundos de diferencia entre una y la otra, hasta que algún afortunado grita “¡Bingo!” levantando la mano y agitando el billete ganador. En las otras mesas se escuchan murmullos de disconformidad y de vez en cuando algún insulto. La mujer abolla los cartones ya usados y los deja a un costado, son cartones de mala suerte.
–Hace años que no gano nada, por eso vengo al bingo. Ahora, si quiero y puedo gastar más dinero me voy a la ruleta, pero eso ya es la perdición –informa mientras espera para comprar nuevos números–. Antes de que termine el 2010 estoy segura que me toca.
Que salga el bingo acumulado, es decir, que alguien complete el cartón antes de la bolilla 39, es aún más difícil, ya que debido a que hay que completar 15 números, la posibilidad es del 0,008 por ciento. De todas maneras, los más asiduos a las salas se lo informan a cuanto novato ven entrar, al que también le cuentan que todos los que van por primera vez, cantan bingo seguro.
–Vos hoy te llevás el pozo –le adelanta a una muchacha de unos veinte años un hombre gordo y de barba blanca que la ronda anterior ganó ochenta pesos haciendo una línea y se anotó el número del cartón en el celular–. Para apostar al 1208 en la quiniela.
Los códigos también se le explican a los nuevos, sobre todo el que dice que si se gana (bingo o línea) se debe pagar una ronda para todos los que estén sentados en la mesa.
–Me acuerdo una vez un pibe que ganó una barbaridad, diez mil pesos o más, y no pagó nada, se levantó y se fue. Hay gente que es muy amarreta –continuó el hombre ante el asentimiento y las risas del resto de los integrantes de la mesa–. Esos ganan una vez y no ganan más.
Además de jugar, en la sala también se puede cenar y tomar algo. Los mozos se diferencian de los vendedores por su uniforme blanco y bordó y levantan los pedidos que luego salen de una cocina que huele a frito; son pocas las mesas que no tienen un plato de rabas o de papas fritas por doce pesos y una botella de Coca Cola por seis para acompañar. También tienen éxito los postres altos con crema, alrededor de los cuales siempre hay más de una persona, que entre cucharada y cucharada controla que no se le pase ninguno de los números que tiene en el cartón. Un poco más tarde comienzan a verse los vasos de J&B y los porrones de cerveza.
Sobre uno de los costados funciona el bingo electrónico, que establece un mínimo de apuestas de seis cartones, es decir, una serie, y en donde es una máquina la que se encarga de ir tachando los números que van saliendo. Cuantos más cartones se compren, más posibilidades de ganar hay, y quienes no juegan en las máquinas se las ingenian para tener muchos y poder mirar todos al mismo tiempo.
–A los números que están repetidos les hago una línea abajo, entonces sé que si los tacho en un cartón tengo que hacerlo también en los otros. Es cuestión de práctica y de qué le resulte más cómodo a cada uno –explica un hombre de unos cincuenta años a quien su mujer hace más de una hora que le pide que deje de jugar.
–No vas a poder con todos –le advierte, mientras corta algunos para ella y divide los siete que tiene su marido sobre la mesa.
Según el día y el horario el público que frecuenta la sala del bingo varía, aunque las edades se encuentran casi siempre por sobre los 40. Hay matrimonios, parejas y personas solas que entre ronda y ronda aprovechan para conocer a sus compañeros de mesa. Cuando comienzan a salir las bolillas el silencio es casi absoluto, sólo se escuchan chistidos de desaprobación cuando el azar no resulta favorable. La imagen en la sala de máquinas tragamonedas, que la modernidad ha transformado en tragabilletes desde dos hasta cien pesos, es diferente: si hay parejas no hablan o están cada uno probando suerte en un lugar distinto, y la gente que está sola no extiende sus relaciones más allá de la pantalla en la que los dibujitos van girando y buscan alistarse todos en una misma línea.
–Aquella máquina siempre da, andá, andá que está libre –incita una mujer de unos treinta años a una amiga que ya está sacando el monedero y busca un billete de cien pesos para poner. Antes de comenzar, introduce otro del mismo valor y los créditos suben a cuatrocientos. Se sienta, pulsa el botón y entre sonidos agudos y bajo la mirada atenta de su amiga, la mujer espera que sea su noche de suerte.
En el resto de la sala, que tiene un total de 166 máquinas en actividad, hay gente que juega y otra que mira y espera que se libere la que tiene fe que va a darle dinero. Por los pasillos circulan también empleados que ofrecen cambio a quienes no se animan a gastar sus billetes más grandes y mozos que llevan café y paquetes de veinte de Marlboro en una bandeja plateada.
Adentro de la sala hacen 26º y a diferencia del bingo, el aire está cargado de humo. Sentada en una máquina que tiene 150 créditos, una rubia con las raíces oscuras y el largo cabello recogido en una cola de caballo sostiene el cigarrillo entre los dedos de la mano izquierda y con la derecha pulsa el botón circular que hace girar los dibujos; sólo la despega para acariciar, a modo de cábala, la pantalla. Apoyado sobre un costado tiene un pocillo de café vacío.
En la confitería no hay lugar, y tanto para tomar algo como para comer es necesario hacer una reserva cuyo tiempo de espera oscila entre los quince y los cuarenta y cinco minutos. Cada vez que un lugar se desocupa, el encargado llama al siguiente comensal a través de un micrófono, por si éste ha ido a matar el tiempo en la ruleta electrónica o en alguna máquina un poco más alejada. Detrás de una barra imitación mármol que vibra por el alto sonido que emiten las máquinas tragamonedas, hay tres botellas de champagne, tres de whisky y una de fernet Branca a la que le queda para apenas un vaso más. Sin embargo, lo que más sale después de cenar son cafés y algún Tía María para quien tiene pensado quedarse otro rato. La carta y los precios son los mismos que los del bingo, sólo que aquí se puede estar sin jugar.
–¡¿Nueve otra vez?! ¡La puta madre! –protesta un hombre de cabello castaño y camisa blanca sentado en una de las mesas para ocho personas de la sala de ruletas de apuesta mínima.
En total hay lugar para 52 personas y apenas quedan cinco vacíos. Cada ficha tiene un valor de un peso, pero el billete más pequeño que la máquina acepta es de diez. El hombre, que hace rato no gana, tiene un saldo de 215 y con cada apuesta el número desciende varios decimales. A un costado de la pequeña pantalla hay un cenicero con siete colillas, y entre los dedos de la mano sostiene otro encendido. Casi todos los jugadores están fumando y el aire está casi más viciado que en el salón de máquinas. Están sentados todos tan juntos que se fuman entre ellos en la cara.
Por la puerta vidriada entra un mozo que lleva sobre la bandeja un porrón de cerveza y lo deja junto a una mujer morocha de ojos azules que aprieta la pantalla con fuerza cada vez que escoge un número para jugar.
–Siete, siete, siete, siete –llama en voz baja al que ha elegido para apostar veinte fichas de un peso. No sale, y con el ceño fruncido toma un trago largo de cerveza helada.
Nadie se apura para jugar, meditan su apuesta mirando fijamente a la pantalla y casi no tienen registro de quién está sentado a su lado. No hay crupier, y una voz metalizada y con acento español advierte cuando ya no es posible realizar más jugadas. Sólo resta esperar. Una mujer de unos treinta años cuyos ojos marrones están maquillados con un intenso color azul, apaga el cigarrillo y al notar que el atado está vacío llama a la moza y pide que le traiga otro de veinte. Mientras tanto mira de reojo las jugadas de su vecino y las coteja con las propias.
La otra sala de ruleta, Glaciar Perito Moreno, está ubicada en diagonal a la anterior, tiene lugar para veinte personas y los billetes más pequeños que acepta son de cincuenta. No hay una sola máquina libre y para jugar hay que anotarse en una lista que tiene ya diez personas en espera. Hay más silencio y el ruido que llega es producto de las máquinas que están junto a la puerta, que también hablan, pero esta vez en inglés. Un hombre tomando whisky acaricia la pantalla para realizar las apuestas que previamente ha pagado introduciendo billetes por la ranura junto a los botones. En el Bingo de La Plata nada se maneja con fichas, con el dinero de la calle es más que suficiente. Más cara pero aún sin crupier, tampoco hay mesa de ruletas, todas son electrónicas y el único personal que hay es un hombre que ofrece cambio y un mozo que recoge los vasos vacíos que la gente va dejando luego de unas horas de juego. Las colillas de los cigarrillos también se acumulan en los ceniceros metalizados, aunque en la sala de máquinas, más de uno que está caminando las tira en el suelo cubierto por una alfombra bordó jaspeada. Detrás de ellos, mujeres encargadas de la limpieza barren y se encargan de recordarles que hay ceniceros de pie en todas las puntas y junto a las tres columnas espejadas que dividen en dos la sala, no muy lejos de la puerta de entrada.
Por el detector de metales pasa una mujer bajita, canosa y enfundada en un jogging gris y zapatillas acompañada por un hombre alto cuyos zapatos marrones están gastados. El cartel luminoso para ingresar al bingo está en rojo y el Espere titila intermitente; su marido se coloca en la cola de unas quince personas que aguardan para entrar y ella sigue derecho hacia el baño de mujeres. Una de las chicas que antes barría la cenicienta alfombra está parada junto a la mesada cuidando la limpieza de los baños que de por sí están en perfectas condiciones, con papel higiénico, jabón líquido y toallas descartables de mano para salir ya listas y seguir jugando. En uno de los espejos del costado hay pegado, tal como lo establece la ley 4131 uno de los tan conocidos carteles de “Jugar compulsivamente es perjudicial para la salud”; en el resto del Bingo se repiten en varios lugares. La mujer lo mira de reojo y se apura para ir en busca de su marido que quizá ya ha entrado a la sala; a esta hora está llena y encontrarlo se vuelve cada vez más difícil. Mientras camina busca el monedero y cuenta diez billetes de diez pesos; se juega eso y nada más. Ya se puede pasar, entra y en la puerta se roza con una señora de vincha azul y cabellos fucsia que se sienta en una máquina, la que luego de jugar unos cuarenta y cinco minutos imprime su ticket y va a cobrarlo, también por un modo electrónico. No hay fichas ni tampoco crupieres, las ruletas son electrónicas y el pago se hace mediante un cajero tras el que los jugadores hacen cola para que les den lo que ganaron, o al menos recuperen lo invertido.
De repente la puerta vidriada del bingo se abre y por sobre el ruido de las máquinas, se escucha una suplicante voz femenina.
–¡José! ¡José, esperá! Juguemos una ronda más, por favor –suplica la mujer que una hora antes entró a la sala buscando a su marido luego de ir al baño.
Mueve apurada los pies y estira el brazo derecho intentando alcanzar al hombre que camina sin voltear la cabeza y enérgico hacia la puerta de salida. Se pasa la mano por el cabello corto y grasoso y se limpia la lágrima que le rueda por la mejilla. José intenta no darse por enterado, pero en su rostro un tic nervioso le cierra el ojo derecho. Sin pasar por el detector de metales sale a la calle y detrás lo sigue su mujer, quien a los pocos minutos reaparece y merodea las máquinas buscando quizá alguna libre o aquella que sabe que esa noche va a hacerla ganar. No mira nada ni a nadie en particular, no lleva cartera y en el bolsillo del pantalón de deporte se distingue la forma de un monedero.
–¿Necesita algo, señora? –le pregunta uno de esos chicos que tienen en la mano un fajo de billetes de veinte y cincuenta que llevaría más de quince minutos contar.
–Cambio, por favor, dame dos de cincuenta –y se sienta a jugar.