24 de noviembre de 2009

Valses de domingo

Fragmento

El café “La Porteñita” del barrio de San Telmo estaba abierto de jueves a domingo. Tenía una atmósfera extraña, como antigua, e incluso el olor que se percibía al entrar le hacía a uno acordarse de esos viejos bares a los que nadie ha acudido en los últimos cincuenta años.
No recuerdo exactamente la fecha, no soy capaz de hacer la cuenta de cuántos domingos había ya citádome ahí. Yo lo consideraba mi maestro de vida, y no me importaba pasarme las tardes enteras de todos los domingos del mes sentada en un café antiguo charlando con él. No hacen a la historia las circunstancias en las que nos conocimos, quizá ni yo misma las pueda contar dos veces por igual. Lo cierto es que cada domingo a las nueve de la mañana, horario que se había establecido casi tácitamente, nos encontrábamos allí y tomábamos un café.
En cierta manera era una forma también de evadir ese último, o primer día de la semana, en el que la ciudad parecía no querer levantarse. Posiblemente fuera también la añoranza de los domingos en familia allá en La Pampa, cuando eran impostergables los asados y las sobremesas largas. (...)