Toqué insistentemente el timbre del colectivo. El chofer discutía con una señora por su boleto y no estaba atento al resto de los pasajeros. Me miró rabioso. Frenó bruscamente en Avenida del Libertador y Suipacha y apresuré a bajarme. No había casi terminado de poner el segundo pie en el piso cuando ya había arrancado y dejado tras de sí una espesa nube de humo negro. Me corrí intentando evitar lo más posible respirar ese aire viciado, mientras buscaba en la cartera el reproductor de música y me disponía a recorrer caminando las cuadras que me quedaban hasta Plaza de Mayo.
Cuando levanté la vista hacia el cielo me arrepentí de haberme bajado, estaba nublado, pronto llovería, seguramente iba a caer esa lluvia finita que humedece pero no termina de mojar y que finalmente resulta aún mucho más molesta. Siempre recorría a pie las dieciséis cuadras que hay entre la parada del colectivo y la plaza, y no porque éste no me dejara más cerca, sino simplemente porque me gustaba caminar, cruzar Plaza San Martín, ver partir los micros desde la estación de Retiro y enterarme de la cartelera del Luna Park sin que mediara en ello un matutino.
A nadie le sorprendió la persistente lluvia, era simplemente una muestra más de tristeza que todos aceptaron como natural. A nadie tampoco le importó humedecerse, ni sumar a las constantes lágrimas, gotas de lluvia, llanto del cielo. Muchos dicen que ni se dieron cuenta, otros afirman que no llovía, que la humedad era producto del amontonamiento, del constante roce con los que estaban alrededor. Lo cierto es que según el pronóstico, ese día de julio, el clima se aprontó a dar su pésame y acompañó la extensa caravana que recorrió Buenos Aires hasta el edificio del Ministerio de Trabajo. (...)
Cuando levanté la vista hacia el cielo me arrepentí de haberme bajado, estaba nublado, pronto llovería, seguramente iba a caer esa lluvia finita que humedece pero no termina de mojar y que finalmente resulta aún mucho más molesta. Siempre recorría a pie las dieciséis cuadras que hay entre la parada del colectivo y la plaza, y no porque éste no me dejara más cerca, sino simplemente porque me gustaba caminar, cruzar Plaza San Martín, ver partir los micros desde la estación de Retiro y enterarme de la cartelera del Luna Park sin que mediara en ello un matutino.
A nadie le sorprendió la persistente lluvia, era simplemente una muestra más de tristeza que todos aceptaron como natural. A nadie tampoco le importó humedecerse, ni sumar a las constantes lágrimas, gotas de lluvia, llanto del cielo. Muchos dicen que ni se dieron cuenta, otros afirman que no llovía, que la humedad era producto del amontonamiento, del constante roce con los que estaban alrededor. Lo cierto es que según el pronóstico, ese día de julio, el clima se aprontó a dar su pésame y acompañó la extensa caravana que recorrió Buenos Aires hasta el edificio del Ministerio de Trabajo. (...)