2 de noviembre de 2009

Ray Bradbury: El peatón


Uno de los temas predilectos de la ciencia ficción es la crisis generada por las nuevas tecnologías y como éstas repercuten en el ser humano. Y a pesar de que el mismo Ray Bradbury no se considere un autor de este género literario, su relato “El peatón” (1951) responde a ésa característica en particular, haciendo también principal hincapié en la soledad del hombre y la importancia de las cosas sencillas.

Corre el año 2052 y Leonard Mead es atípico, ya que todas las noches, alrededor de las ocho, sale a caminar por la ciudad. “Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él”, justamente porque la sociedad, una vez acabada la monotonía del día, del trabajo o del estudio, se concentraba en otra casi igual, mirar televisión, y salir a la calle a caminar no figuraba entre las actividades cotidianas.

Es de esta manera que Bradbury hace una crítica a la masificación del ser humano, al desmedro de la literatura por la televisión y sobre todo, a la falta de interacción entre las personas provocada por estas nuevas adquisiciones, como lo fue en ese momento, la televisión. Cada uno mira el programa sin interesarse por el otro; se podría casi decir que las nuevas tecnologías vuelven al hombre solitario y falto de sencillez, aquella que realza el autor con el goce que siente Mead cada noche cuando, mientras camina solo, percibe la quietud y el silencio. Es a esta sociedad supuestamente avanzada a la que Bradbury denominó como “tecnológica”, la que vive mecanizada, aislada y alienada.

Leonard, hecho a un lado por el común de la gente que ve en él un extraño, se convierte en el único exponente de ser humano pensante que supo esquivar los constantes intentos del Estado para que sucumba al facilismo y a la vida automática. Y ese Estado está representado en la policía que esa noche en particular lo arresta por caminar en la calle sin razón aparente, no tener televisión y ser, según ellos, un desocupado, a pesar de que él se define como escritor. Y no es casualidad que sea conducido a un neuropsiquiátrico, ya que es indispensable, para el normal funcionamiento del sistema, que la gente no piense, que actúe por mera mecánica. Mead es para los poderosos un problema, un foco de peligro, por lo que es necesario incluirlo en el sistema, convertirlo en uno más de esos tantos que él observaba embobados frente a la televisión dejando que los demás hagan en su nombre, que los dominen, aún sin darse ellos verdadera cuenta.