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24 de noviembre de 2009

Valses de domingo

Fragmento

El café “La Porteñita” del barrio de San Telmo estaba abierto de jueves a domingo. Tenía una atmósfera extraña, como antigua, e incluso el olor que se percibía al entrar le hacía a uno acordarse de esos viejos bares a los que nadie ha acudido en los últimos cincuenta años.
No recuerdo exactamente la fecha, no soy capaz de hacer la cuenta de cuántos domingos había ya citádome ahí. Yo lo consideraba mi maestro de vida, y no me importaba pasarme las tardes enteras de todos los domingos del mes sentada en un café antiguo charlando con él. No hacen a la historia las circunstancias en las que nos conocimos, quizá ni yo misma las pueda contar dos veces por igual. Lo cierto es que cada domingo a las nueve de la mañana, horario que se había establecido casi tácitamente, nos encontrábamos allí y tomábamos un café.
En cierta manera era una forma también de evadir ese último, o primer día de la semana, en el que la ciudad parecía no querer levantarse. Posiblemente fuera también la añoranza de los domingos en familia allá en La Pampa, cuando eran impostergables los asados y las sobremesas largas. (...)

23 de noviembre de 2009

En un mismo lugar

Fragmento

  Toqué insistentemente el timbre del colectivo. El chofer discutía con una señora por su boleto y no estaba atento al resto de los pasajeros. Me miró rabioso. Frenó bruscamente en Avenida del Libertador y Suipacha y apresuré a bajarme. No había casi terminado de poner el segundo pie en el piso cuando ya había arrancado y dejado tras de sí una espesa nube de humo negro. Me corrí intentando evitar lo más posible respirar ese aire viciado, mientras buscaba en la cartera el reproductor de música y me disponía a recorrer caminando las cuadras que me quedaban hasta Plaza de Mayo.
  Cuando levanté la vista hacia el cielo me arrepentí de haberme bajado, estaba nublado, pronto llovería, seguramente iba a caer esa lluvia finita que humedece pero no termina de mojar y que finalmente resulta aún mucho más molesta. Siempre recorría a pie las dieciséis cuadras que hay entre la parada del colectivo y la plaza, y no porque éste no me dejara más cerca, sino simplemente porque me gustaba caminar, cruzar Plaza San Martín, ver partir los micros desde la estación de Retiro y enterarme de la cartelera del Luna Park sin que mediara en ello un matutino.
  A nadie le sorprendió la persistente lluvia, era simplemente una muestra más de tristeza que todos aceptaron como natural. A nadie tampoco le importó humedecerse, ni sumar a las constantes lágrimas, gotas de lluvia, llanto del cielo. Muchos dicen que ni se dieron cuenta, otros afirman que no llovía, que la humedad era producto del amontonamiento, del constante roce con los que estaban alrededor. Lo cierto es que según el pronóstico, ese día de julio, el clima se aprontó a dar su pésame y acompañó la extensa caravana que recorrió Buenos Aires hasta el edificio del Ministerio de Trabajo. (...)

29 de septiembre de 2009

Sombras romaníes


Fragmento


  Cuando salió a escena Carmen con su majestuoso porte y su pícaro aire romaní, todo su mundo se redujo a ese instante. Era como si solamente la rodeara la música, como si flotara en un universo en el que España, el teatro y una historia de gitanos, se hubieran entrelazado solamente para ella. Todo a su alrededor era Carmen, y un par de zapatillas de punta rosas que recorría el escenario casi sin tocarlo.
  Desde la platea, sentada en una primera fila que por pocos metros no le permitía rozarla, Aitana se imaginaba a sí misma en el rol protagónico que Prosper Mérimée y Georges Bizet, según sus fantasías, habían construido para ella, y ya en el final, hasta le pareció sentir en el estómago el dolor rígido, pero fino, de la feroz puñalada que deja a Carmen inmóvil en los brazos enamorados de su rom. Fue recién después de que los aplausos parecieran devolverle a Carmen la vida, que Aitana respiró hondo y cayó exhausta en la butaca con las palmas de las manos rojizas de aplaudir. (...)

28 de septiembre de 2009

Los años largos

  Apreté con fuerza las pestañas y evité el polvo que levantaban las ruedas del auto al transitar la calle de tierra. Inmediatamente con una mano me tapé los ojos, aunque entre los dedos se me escurrieron las pocas lágrimas que todavía me quedaban. La oscuridad me llevó de nuevo a Galicia y por un instante pensé que al sonido del mar lo tapaba el bullicioso motor del automóvil, pero la verdad era que ya no estaba y que no eran sólo las lágrimas las que se me escapaban de las manos.
La luz del sol me pegó de lleno en los ojos claros, parpadeé varias veces y con cada nuevo movimiento las imágenes se me hacían más difusas, las rías se me iban borrando y sólo quedaba una ancha avenida poblada apenas por pequeños árboles que con el fragor del otoño habían perdido ya todas sus hojas.
  A mi lado dormían tranquilas las dos criaturas con las que me había aventurado a cruzar el mundo, en el asiento delantero, alto y con la espalda recta, estaba mi marido que cada tanto me miraba y al sonreír levantaba con gracia el bigote que anticipaba sus labios finos. Quería mostrarme todo y yo no veía nada, la ciudad me parecía vacía, falta de vida, a pesar de que él con el orgullo propio del ciudadano me contaba anécdotas, me señalaba lugares. Volví a cerrar los ojos e intenté abstraerme, intimé a mi piel a sentir la brisa propia de la primavera impregnada de ese olor a mar gallego que tardaría años en percibir otra vez; pero no dio resultado y el viento frío del otoño sureño me heló el rostro hasta los huesos. Con el sacón tapé a los dos niños que poco a poco abrían los ojos y observaban todo con envidiable alegría; una mujer rubia con el brazo derecho en alto, desde una foto en las paredes blancas, les devolvía la mirada con una expresión de fiereza en el rostro que meses más tarde se transformaría en dolor.
  El auto frenó de golpe y tuve que agarrarles fuerte las manos para que no salieran a correr a lo desconocido. Me bajé, caminé derecha sobre mis dos largas piernas y tomé el brazo que mi marido me ofrecía para mostrarme el hogar con el que me había estado esperando. Y cuando lo vi supe que volver iba a ser mucho más difícil, aunque él al oído me repitiera una y otra vez “Vamos Maruja, que es sólo por un año”.
  La primera noche no dormí. Di vueltas tantas veces en la cama que en algún momento llegué a marearme, logré otra vez confundir dónde me encontraba y me permití por algunos instantes recordar el balcón de mi casa que años más tarde seguía allí esperándome. Me costaba asimilar la distancia, me costaba no escuchar el mar, me costaban tantas cosas…
  A la mañana siguiente todo seguía en su sitio. De la panadería que mi marido había comprado subía hasta la casa el aroma del pan recién hecho y el dulce de las facturas calientes. Quise bajar pero no me animé y desde las escaleras lo observé atender con los dos niños revoloteando entre sus piernas. Sonreían, y cada tanto reían tan estruendosamente que le gente espiaba por sobre el mostrador para verlos. Levanté la cabeza gacha, miré hacia el frente y mientras daba media vuelta para volver a la casa, interiormente me noté argentina. De no haberlo hecho, ¡qué difícil hubiera sido ese año que hoy lleva acumulados ya casi 18360 días!

 

*Segundo premio en el concurso literario "El abuelo un día" de la Asociación Española de Socorros Mutuos de General Pico, La Pampa. Julio de 2008
*Publicado en la revista "Pal'abrazo". Año X, número 6. Agosto de 2008

26 de septiembre de 2009

Todo lo que se fue con el tiempo

Fragmento



  Todavía no sabía bien dónde estaba. Hacía poco que me había despertado y sentía como si hubiera dormido durante mucho tiempo. A mi alrededor, no había nadie. Intenté gritar para ver si alguien venía en mi ayuda, pero no logré pronunciar una sola palabra.
  Aparentemente, no había otra opción más que esperar, quizá no había nadie en la casa o quizá pronto llegarían para ver si estaba bien o si había despertado. De repente, me di cuenta dónde estaba. La habitación toda blanca me había recordado a un hospital y era allí donde me encontraba. Tenía un suero en el brazo izquierdo y un tubo que, en apariencia, en algún momento me suministró oxígeno. Sin embargo, en ese momento no lo necesitaba, podía respirar, e incluso me sentía con fuerzas suficientes como para levantarme. Me daba miedo sacarme el suero, así que lo llevé conmigo y comencé a recorrer el lugar. Tal como me había parecido al principio, todo estaba deshabitado, ¿qué hacía yo allí?
  No tenía idea qué día era, tampoco sabía de qué año. ¿Estaría correcto ese calendario electrónico que marcaba el 15 de noviembre de 2100? Si así era podía tener una noción de cuanto tiempo había permanecido inconsciente… ¡veinte años! Mis últimos recuerdos se fechaban en el 2080, cuando se casó Paloma y poco después de que naciera Tomás.Seguía sin cruzarme con nadie, tampoco había otros pacientes en las diferentes habitaciones que iba atravesando; los patios también estaban vacíos.Decidí salir a la calle, para lo cual tuve que quitarme el suero que venía cargando desde que había decidido levantarme de la cama. Tiré fuerte de la aguja intentando no sentir el dolor que imaginé iba a provocarme. Cuando por fin me supe libre, salí corriendo hacia la calle esperando encontrar a alguien que aguardara por mi mejora, pero la ciudad se veía tranquila, y por sobre todas las cosas, vacía. (...)

*Publicado en el suplemento cultural "La Galera" del diario La Reforma (General Pico, La Pampa), 27 de septiembre de 2009