29 de septiembre de 2009

Sombras romaníes


Fragmento


  Cuando salió a escena Carmen con su majestuoso porte y su pícaro aire romaní, todo su mundo se redujo a ese instante. Era como si solamente la rodeara la música, como si flotara en un universo en el que España, el teatro y una historia de gitanos, se hubieran entrelazado solamente para ella. Todo a su alrededor era Carmen, y un par de zapatillas de punta rosas que recorría el escenario casi sin tocarlo.
  Desde la platea, sentada en una primera fila que por pocos metros no le permitía rozarla, Aitana se imaginaba a sí misma en el rol protagónico que Prosper Mérimée y Georges Bizet, según sus fantasías, habían construido para ella, y ya en el final, hasta le pareció sentir en el estómago el dolor rígido, pero fino, de la feroz puñalada que deja a Carmen inmóvil en los brazos enamorados de su rom. Fue recién después de que los aplausos parecieran devolverle a Carmen la vida, que Aitana respiró hondo y cayó exhausta en la butaca con las palmas de las manos rojizas de aplaudir. (...)