28 de septiembre de 2009

Los años largos

  Apreté con fuerza las pestañas y evité el polvo que levantaban las ruedas del auto al transitar la calle de tierra. Inmediatamente con una mano me tapé los ojos, aunque entre los dedos se me escurrieron las pocas lágrimas que todavía me quedaban. La oscuridad me llevó de nuevo a Galicia y por un instante pensé que al sonido del mar lo tapaba el bullicioso motor del automóvil, pero la verdad era que ya no estaba y que no eran sólo las lágrimas las que se me escapaban de las manos.
La luz del sol me pegó de lleno en los ojos claros, parpadeé varias veces y con cada nuevo movimiento las imágenes se me hacían más difusas, las rías se me iban borrando y sólo quedaba una ancha avenida poblada apenas por pequeños árboles que con el fragor del otoño habían perdido ya todas sus hojas.
  A mi lado dormían tranquilas las dos criaturas con las que me había aventurado a cruzar el mundo, en el asiento delantero, alto y con la espalda recta, estaba mi marido que cada tanto me miraba y al sonreír levantaba con gracia el bigote que anticipaba sus labios finos. Quería mostrarme todo y yo no veía nada, la ciudad me parecía vacía, falta de vida, a pesar de que él con el orgullo propio del ciudadano me contaba anécdotas, me señalaba lugares. Volví a cerrar los ojos e intenté abstraerme, intimé a mi piel a sentir la brisa propia de la primavera impregnada de ese olor a mar gallego que tardaría años en percibir otra vez; pero no dio resultado y el viento frío del otoño sureño me heló el rostro hasta los huesos. Con el sacón tapé a los dos niños que poco a poco abrían los ojos y observaban todo con envidiable alegría; una mujer rubia con el brazo derecho en alto, desde una foto en las paredes blancas, les devolvía la mirada con una expresión de fiereza en el rostro que meses más tarde se transformaría en dolor.
  El auto frenó de golpe y tuve que agarrarles fuerte las manos para que no salieran a correr a lo desconocido. Me bajé, caminé derecha sobre mis dos largas piernas y tomé el brazo que mi marido me ofrecía para mostrarme el hogar con el que me había estado esperando. Y cuando lo vi supe que volver iba a ser mucho más difícil, aunque él al oído me repitiera una y otra vez “Vamos Maruja, que es sólo por un año”.
  La primera noche no dormí. Di vueltas tantas veces en la cama que en algún momento llegué a marearme, logré otra vez confundir dónde me encontraba y me permití por algunos instantes recordar el balcón de mi casa que años más tarde seguía allí esperándome. Me costaba asimilar la distancia, me costaba no escuchar el mar, me costaban tantas cosas…
  A la mañana siguiente todo seguía en su sitio. De la panadería que mi marido había comprado subía hasta la casa el aroma del pan recién hecho y el dulce de las facturas calientes. Quise bajar pero no me animé y desde las escaleras lo observé atender con los dos niños revoloteando entre sus piernas. Sonreían, y cada tanto reían tan estruendosamente que le gente espiaba por sobre el mostrador para verlos. Levanté la cabeza gacha, miré hacia el frente y mientras daba media vuelta para volver a la casa, interiormente me noté argentina. De no haberlo hecho, ¡qué difícil hubiera sido ese año que hoy lleva acumulados ya casi 18360 días!

 

*Segundo premio en el concurso literario "El abuelo un día" de la Asociación Española de Socorros Mutuos de General Pico, La Pampa. Julio de 2008
*Publicado en la revista "Pal'abrazo". Año X, número 6. Agosto de 2008