¿Cómo puede estar un hombre más despojado que haciendo confesiones sobre un amor verdadero -al que no sabe cómo definir- y el asesinato de la mujer que provocaba ese sentimiento? Asesinato que comete él mismo agobiado por su constante necesidad de cargar, sobre los hombros de María Iribarne, su propia existencia. Con el recuerdo de dicha muerte comienza “El túnel”, una de las novelas más célebres de Ernesto Sábato publicada por primera vez en 1948. Y no son sólo los detalles de la historia los que atrapan, sino también la locura que sufre Juan Pablo Castel y cómo, a través de una escueta descripción de María en la que predominan sus rasgos negativos, el protagonista se excusa y busca poner a quien lee de su lado; busca que finalmente, alguien después de Iribarne, lo comprenda. Por eso es que “El túnel” refleja también la incomunicación y la infelicidad del hombre del Siglo XX que no encuentra esperanza alguna y vive pendiente de cosas superficiales. “Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté”. Y es esta contradicción la que lo acompaña a lo largo de una novela cargada de existencialismo que pone sobre la mesa preguntas como ¿por qué vivimos? ¿por qué morimos? ¿cómo hago para salir de mi túnel oscuro y solitario?.
Y como trasfondo, además de una descripción de Buenos Aires que nos permite, al ir, buscar desesperadamente a María entre el gentío como alguna vez lo hizo Castel mientras inventaba en solitario diálogos con ella, Sábato deja a la luz sentimientos negativos que hacen de Juan Pablo un personaje tan singular, “(…) desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica”. Y por más que se lea una y otra vez, siempre queda en el aire la duda de cuál habrá sido la realidad. Porque la escritura en primera persona que eligió Sábato no hace otra cosa más que convertirnos en subordinados de Castel. Vemos todo a través de sus ojos, los de un hombre que no sólo no estaba preparado para los cambios que se produjeron en el mundo, sino que tampoco sabía cómo llevar adelante una vida que cargaba sobre los hombros ajenos a los que culpaba de sus propias desdichas.
*Publicado en el suplemento cultural “La Galera” del diario La Reforma (General Pico, La Pampa). Domingo 28 de enero de 2007.
Y como trasfondo, además de una descripción de Buenos Aires que nos permite, al ir, buscar desesperadamente a María entre el gentío como alguna vez lo hizo Castel mientras inventaba en solitario diálogos con ella, Sábato deja a la luz sentimientos negativos que hacen de Juan Pablo un personaje tan singular, “(…) desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica”. Y por más que se lea una y otra vez, siempre queda en el aire la duda de cuál habrá sido la realidad. Porque la escritura en primera persona que eligió Sábato no hace otra cosa más que convertirnos en subordinados de Castel. Vemos todo a través de sus ojos, los de un hombre que no sólo no estaba preparado para los cambios que se produjeron en el mundo, sino que tampoco sabía cómo llevar adelante una vida que cargaba sobre los hombros ajenos a los que culpaba de sus propias desdichas.
*Publicado en el suplemento cultural “La Galera” del diario La Reforma (General Pico, La Pampa). Domingo 28 de enero de 2007.