No siempre son indispensables cuentos diferentes para relatar dos historias. Tampoco es necesario distinguirlas cuando hay entre ellas un lazo que las une a pesar de que el tiempo y, posiblemente el espacio geográfico, las separan.
Fue Julio Florencio Cortázar quien, en “Todos los fuegos el fuego” (incluido en el libro de relatos homónimo), supo amalgamar personajes distintos, tiempos abrumadoramente dispares y un mismo final. Y todo ello está marcado por indicios, el circo romano, los escudos de bronce, el teléfono y porqué no también, los cigarrillos. Sobreviene una historia a la otra sin aviso, sólo estos sutiles indicadores que sirven también como temporizadores del relato, para ubicar a quien lee, en tiempo y espacio. “Antes de marcar el número de Roland, la mano de Jeanne ha andado por las páginas de una revista de modas, un tubo de pastillas calmantes, el lomo del gato ovillado en el sofá. (…) Necesitaría más tiempo, las horas tabernarias que siguen a los triunfos, para entender quizá la razón de que el procónsul no vaya a pagarle con monedas de oro”.
Pero están también las circunstancias que las unen, aquellas que, atravesando la humanidad, perduran en el tiempo, tienen para sí la tan ansiada calidad de inmortales. Y es que tanto el engaño como la muerte, desde perspectivas completamente dispares, han sido siempre partes de la vida del hombre. Y aquí representan el lazo, la unión, cuando, paradójicamente, se las relaciona con los conceptos opuestos, con el adiós, la despedida. “Irene se vuelve al oír su grito (del procónsul), le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. ‘No podemos salir’, dice, ‘están amontonados ahí abajo como animales’. Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del abrazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse, ahogado por el humo negro”.
Y el resultado es un cuento diferente, original, que lleva al lector a ir organizándolo, armándolo, siguiendo, por así decirlo, las pistas que el autor fue esparciendo entre frases, diálogos y puntuaciones. Dos lecturas, tres y hasta incluso cuatro son necesarias para no eludir ningún detalle, para ser capaces de apreciar con qué genial maestría Cortázar fue capaz de escribir estas dos historias que tienen tanta cosas en común pero también sus diferencias, y vaya si el tiempo no parece una distancia infranqueable…
Publicado en el suplemento cultural “