Un suicidio
desde la terraza de un edificio en Talcahuano al 1000. Un cuerpo que, con un
tiro en la sien, cae al vacío y se estrella contra el asfalto mojado por la
lluvia y una carta que explica, a medias, esa muerte. El cable de Télam con los
datos de lo ocurrido llega a las manos de Verónica Rosenthal, periodista de
investigación de la revista Nuestro Tiempo que intuye que detrás de todo
eso hay algo más.
El primer
golpe llega a las pocas páginas: ¿Cómo se recupera psicológicamente un conductor
de trenes que, mientras conduce la formación, atropella a una persona? ¿De qué
manera la empresa se ocupa de sus empleados en esos casos? Nunca viví esta
situación como pasajera y quizá por ello nunca me había preguntado qué pasa con
el maquinista, cómo sigue viviendo sintiéndose culpable de muertes que no
estaba en sus manos evitar. Pensarlo –y leerlo– se pareció a un cimbronazo, a
un balde de agua fría que tuvimos siempre delante y nunca pensamos que podía
mojarnos.“-¿Sabés cómo se siente? Primero un golpe seco, como un disparo, y
después, pegado a ese disparo, sentís cómo se revienta el cuerpo, los gritos de
terror que no los cubrís con la bocina y que siguen oyéndose después de que el
cuerpo se destrozó. Sentís cómo los huesos se quiebran debajo de tus pies”,
relata Lucio, el maquinista que se convierte en una de las fuentes principales
de la investigación que lleva a cabo Verónica cuando comienza a sospechar que,
detrás de lo que parece un juego peligroso –dos niños que se desafían en las
vías cuando el tren avanza–, hay una red delictiva que toca a altos
funcionarios públicos.
A partir de
allí la novela de Olguín se bifurca, se ramifica y abarca ahora no solamente al
policial que exuda corrupción, avaricia y negación del otro, sino también al sexo, la soledad y el periodismo como búsqueda de la justicia. En
esta historia el lector lo sabe todo y la vertiginosidad del relato no está
tanto en descubrir quién o quiénes ganan dinero arriesgando vidas que no
consideran suficientemente valiosas sino en seguir el desarrollo de la historia que poco a poco va tomando sentido y va sumando causas que llevan al lector desde la impotencia hasta la bronca. Y en ese saberlo todo se esconde también la precisión del autor, porque La fragilidad de los cuerpos no se convierte en ningún momento en una lectura monótona sino que, aprovechando la situación, Olguín se detiene en detalles: en la vida de Dientes y el Peque que quieren tener dinero para comprarse galletitas y una gaseosa, en la de un muchacho que lucha por recuperarse de la drogas, en los recovecos de Ciudad Oculta.
A veces tenemos las cosas tan cerca que no las vemos y necesitamos de una Verónica Rosenthal para que de un cachetazo (porque no hay otra manera de darse cuenta de estas situaciones que luego uno siente que debería haber sospechado) nos diga "Mirá ahí, ¿nunca pensaste que eso podía pasar?". Porque una cosa es saber que suceden y otra, muy diferente, es ponerles un nombre y una historia.
Sergio Olguín publicó en abril de este año Las extranjeras (Editorial Suma de Letras) novela inspirada en el asesinato de las turistas francesas en Salta en el año 2011, aunque remite también a casos como el de María Soledad Morales o el de Paulina Lebbos. Otra vez Verónica, otra vez un ovillo de lana para desentrañar. Entra, sin dudas, en la lista de pendientes.