17 de octubre de 2014

Petros Márkaris: “El sur en todos lados ha desarrollado una cultura única: de la política, de la resistencia, de la lucha”

–Yo quiero un café –dice en inglés y entre risas mientras alza el brazo derecho con el dedo índice levantado.
Tiene puestos pantalones de corderoy marrones, una camisa celeste y un suéter también celeste pero un poco más oscuro. Me da a elegir la mesa y se sienta en la cabecera. Pongo a grabar. Se enciende la luz roja. Petros Márkaris me mira. Pienso, y vuelvo a pensar, que tengo que estar atenta para no decirle Jaritos.
Petros Márkaris en el Festival Buenos Aires Negra (BAN!)
Estamos en el bar del Centro Cultural San Martín; hay poca gente. Enfrente de mí se sienta la traductora y poco después a mi lado aparece Paola, la encargada de prensa de Tusquets Editores, gracias a quien pude conseguir unos minutos con uno de los autores a nivel mundial más importantes de novela negra. Mientras nos ubicamos le cuento a Márkaris que leí toda la serie protagonizada por el inspector Kostas Jaritos y que mi primera aparición en radio fue reseñando su último libro publicado en Argentina: Pan, educación, libertad. Lo intento decir en griego; me corrige la acentuación y sonríe.
–¿Comenzaste tu trabajo con mi obra? Eso para mí es un gran honor.
Hacemos la entrevista en inglés pero él también habla a la perfección turco, griego, francés y alemán, llevando así un poco de cada lugar donde ha vivido.

Dentro de veinte minutos Petros debe dar una charla en el festival Buenos Aires Negra (BAN!) sobre la novela policial como novela social, género que ha cultivado de la mano de un comisario irónico y políticamente incorrecto, casado con Adrianí –cocinera experta y amante de la televisión–y padre de Katerina, joven estudiante de derecho que avanzará en su carrera y en su vida sentimental a lo largo de la serie. Y como marco están Atenas y su historia, su independencia del Imperio Otomano, su guerra civil, su dictadura y la resistencia, situaciones que dejaron heridas abiertas y una misma población divida en dos. Jaritos, un policía de derecha, pequeñoburgués, que comenzó su carrera durante la Dictadura de los Coroneles tiene, sin embargo, un amigo comunista y ex preso político.
–Yo intenté desde el comienzo mostrar que un policía y un representante de la izquierda podían ser amigos. Es posible. Se puede hacer. Si seguís la relación de amistad a través de todas las novelas vas a ver que no es fácil para ninguno de los dos, porque al principio ambos sospechan. Sin embargo, se respetan y esto se ve cuando Zisis le dice a Jaritos “Sos una buena persona aunque seas un policía”.
El primer encuentro que Márkaris cuenta entre estos dos personajes es en el libro que da inicio a la serie, Noticias de la noche, en donde un Jaritos necesitado de información para resolver un caso visita a Zisis, a quien había conocido cuando éste era un preso político de la dictadura. No faltan los resquemores, los personajes se tantean, se acercan para ver qué tan sincero es el otro y a lo largo de las ocho novelas –ya nueve en Grecia– construyen una relación que el autor define como “la reconciliación absoluta”.
–Lo que falló en Grecia fue la reconciliación, se eligió, como en España, la forma fácil y eso no es bueno, porque los traumas permanecen latentes y en algún momento salen a la luz.
Llega el café; no le pone azúcar. Quizá es la costumbre, porque en Grecia al pedir un ελλινικος hay que especificarle al mozo con cuánta azúcar se lo quiere: mucha, poca o nada. Mientras habla Petros mueve las manos y cuando quiere puntualizar algo golpea con el índice sobre la mesa.
–El gran logro de la generación de la Politécnica fue la resistencia a la dictadura. Todos lucharon y todos los admiramos –me aclara cuando le pregunto si cree que la batalla cultural la ha ganado el capitalismo, teniendo en cuenta la crítica a la pérdida de valores que realiza en su última novela–. El problema fue que después de la caída de la dictadura, la parte de esa generación que ocupó el dominio público, y por dominio público quiero decir la política, los sindicatos y las universidades, cometió grandes errores. Pero, por supuesto, está la otra parte de esa generación, que terminó sus estudios, consiguió trabajo y no siguió en política. Lo peor de todo es que todavía –y vuelve a acentuar con el dedo sobre la mesa- no quieren aceptar sus errores.
En Grecia Márkaris publicó recientemente un nuevo libro que es la culminación de la denominada Trilogía de la crisis, esas tres novelas en donde el autor no sólo refleja una sociedad griega desesperanzada y sin trabajo, sino donde también desarrolla y expone su opinión sobre los culpables: habla de los bancos, habla de los evasores de impuestos y habla de los políticos, esos que llegaron al poder luego de la dictadura. En Argentina por el momento la última sigue siendo Pan, educación, libertad, titulada justamente con el lema que coreaban los estudiantes de la Politécnica allá por 1973. El 17 de noviembre de ese año el ejército entró con tanques en la universidad, episodio que terminó con 28 muertos y que marcó el declive del gobierno de facto. El edificio, cercano a la Plaza Omonia –algo así como Plaza Miserere– hoy está rodeado de rejas y muros pintados con aerosol y sólo se dictan allí algunas carreras ya que se han inaugurado nuevas dependencias.
-Los jóvenes de ahora tienen que aprender a luchar. Cuando llegó la crisis se vieron en un mundo en el que no saben cómo moverse porque, a diferencia de la gente de mi edad, siempre lo han tenido todo –explica Márkaris al señalar las diferencias entre las distintas generaciones, entre esa que supo luchar contra los coroneles y la actual, la que ha nacido bajo el paraguas de la Unión Europea–. Lamentablemente, mi generación no puede enseñarles nada, porque es una generación luchadora pero una generación pasada.
En sus libros padres e hijos ven el mundo a través de ojos muy distintos, los ojos que les ha dado el momento histórico que les tocó vivir. En medio de una reunión familiar narrada en Pan, educación, libertad Jaritos reflexiona para sí: “Comprendo la ansiedad de Katerina ante la transición del euro al dracma. También puedo comprender la serenidad de Adrianí y Sevastí. Piensan que las pasamos crudas con el dracma y que, sin embargo, sobrevivimos”. Muchos eligen partir y la hija del comisario evalúa esa posibilidad ante una Grecia que no le ofrece oportunidades, pero llega a darse cuenta a tiempo que el camino no es la evasión sino la lucha. Le pregunto a Márkaris por los jóvenes, si en algún punto están tomando dimensión de su lugar en el devenir y luego de beber un sorbo de café me dice:
–Tuve hace poco una conversación con jóvenes, estudiantes, maestros de escuela primaria. Entre ellos había una chica que tendría unos 25 o 26 años que se acercó y me dijo: “Tengo un problema, soy maestra en una escuela primaria y tenemos chicos que los padres están desempleados y ambos salen a buscar qué hacer, por lo que los chicos retornan a una casa vacía, a un departamento vacío y yo estoy tratando de mantener a estos chicos en la escuela por algunas horas hasta que los padres regresen. Lo que sucede es que el director  no me lo permite, dice que es ilegal. Entones le pregunto, ¿qué puedo hacer?”. Yo le pregunté cuántas maestras de primaria había en el barrio y ella me contestó que alrededor de veinte o veintidós. Entonces le dije: “Encontrá a todas las maestras que piensan como vos y comiencen a hacerlo todas juntas, porque si no se unen no tienen ninguna chance”. ¿El resultado? Ahora es legal. ¿Sabés qué es lo que la gente joven puede aprender de mi generación? Que siempre luchamos y dijimos: vamos a luchar, aunque perdamos.
Leer a Márkaris es también pasear un poco por Atenas, perderse por alguna de las callecitas de Plaka, sufrir el tránsito caótico de la Plaza Omonia –ese que haga lo que haga Jaritos nunca es capaz de evitar– y recorrer también, como en Liquidación Final, algunos de los yacimientos arqueológicos más importantes de la capital griega. Leer a Márkaris es sentir Atenas y es sentir una sociedad que, en muchos casos, es similar a la argentina en la forma de desenvolverse, de resolver los conflictos. Estuve allí en mayo de este año y en algunas esquinas, si no fuera por los carteles en alfabeto griego, hubiera dicho que estaba en Buenos Aires. Se lo cuento; Petros sonríe y con la mano me toma el brazo izquierdo:
–Para mí también todo en Buenos Aires es muy familiar. La gente en las calles me es familiar, la forma en que hablan me es muy familiar, las preguntas que hacen, porque son similares a las que hacen en Grecia. Siempre es el sur, así sea América del Sur o el sur de Europa, creeme. Es muy importante la forma en que el sur piensa, la forma en que el sur actúa y reacciona, las discusiones del sur son totalmente diferentes. Te lo digo, el sur en todos lados ha desarrollado una cultura única: una cultura de la política, una cultura de la resistencia, una cultura de la lucha.

Tenemos que ir cerrando la nota. Paola me toca el hombro y le digo que sí con la cabeza: prometí ser estricta con el horario. En ese momento Petros me estaba contando que el lector de novela negra es una persona interesada por la realidad social, por saber por qué pasan las cosas y no quién las hizo. Desde el policial inglés la pregunta se ha desviado, ya no es tan importante el nombre del asesino y, sobre todo, quien investiga no es ese sabelotodo que era Sherlock Holmes. Cuando termina de hablar sonrío y le agradezco por su tiempo.
–¡Ella te cortó, yo la vi! –Todos nos reímos–.Todavía tenemos ocho minutos, me puede hacer otra pregunta.
Salimos del café y mientras subimos las escalinatas le vuelvo a agradecer; ya más tranquila esta vez sí logro hacerlo en griego.