Otro testimonio sobre la dictadura no es simplemente uno más. Primero, porque tiene nombre y apellido -Victoria Donda Pérez, en este caso- y segundo porque las heridas que no están todavía cerradas son tan actuales como lo fueron en esa época. Y eso sin contar que a las nuevas generaciones no se les puede permitir olvidar algo que no vivieron, lo cual sin lugar a dudas, es mucho más difícil. En 2009 Editorial Sudamericana publicó Mi nombre es Victoria. Una lucha por la identidad, libro que deja en evidencia la necesidad de justicia, la actualidad de los crímenes y la inagotable lucha de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, así como también de H.I.J.O.S, para cicatrizar algunas de esas heridas, removiendo un pasado doloroso y oculto deliberadamente.
Victoria lo describe como una cuenta regresiva que culminó cuando a los 27 años se enteró que era hija de María Hilda Pérez y José María Donda, ambos desaparecidos durante la última dictadura militar. En ese momento supo también que había nacido en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y que a los quince días había sido arrancada de los brazos de su madre y dada a una familia relacionada con el poder. En el lóbulo de una de sus orejas llevaba unos hilitos azules que Cori, su madre, le había cosido con la esperanza de reconocerla.
En el momento de la verdad Analía se convirtió en Victoria Donda Pérez y en la nieta recuperada número 78, sumándose su historia no sólo a la de los otros hijos de desaparecidos sino también a la de los que aún faltan por encontrar y a la de todos los argentinos. “Mi historia, entonces, que no es solo mía sino de todos, es el grano de arena que me permito aportar para descubrir aunque sea un poco más de esa verdad”, escribió la actual diputada nacional por el Movimiento Libres del Sur en su libro Mi nombre es Victoria. Una lucha por la identidad.
Por eso, y por mucho más, libros como éste son necesarios, porque no sólo ayudan a recordar, sino, lo que es mucho más importante, a no olvidar.