1 de mayo de 2012

El lugar en el mundo de Antonio Ortiz Echagüe


Apenas a 112 Km. de Santa Rosa, capital de la provincia de La Pampa, se encuentra el Museo Atelier Ortiz Echagüe, que ofrece la posibilidad de no sólo conocer la obra de este artista español sino también la estancia donde vivió durante la década del ’30.

  Antonio Ortiz Echagüe nació el 15 de octubre de 1883 en Guadalajara, España y al poco tiempo se mudó con su familia de origen alavés a Logroño, comenzando así lo que sería una vida trashumante que lo llevaría por Holanda, Marruecos, Argentina. Se estableció en este último tres años antes de desencadenarse la Guerra Civil Española y con el mandato de hacerse cargo de 20.000 hectáreas de campo ubicados en pleno caldenal pampeano que habían sido compradas por su suegro, cónsul holandés en Argentina, cuando éstas entraron en subasta pública luego de la Campaña al Desierto.


Estancia La Holanda



  Con él trajo, en inmensos cajones de pinotea, sus pinturas de tamaño natural, porque Ortiz Echagüe era un reconocido retratista que no sólo había estudiado en Francia e Italia, sino que también había trabajado en la corte del rey español Alfonso XIII, había inmortalizado los colores del mundo árabe en Marruecos y pintado, allá por principios del siglo XX, a quien luego sería su mujer, Elisabeth Smidt, quien en ese momento contaba con tan sólo 12 años.
  La estancia en Argentina se llama La Holanda, así como la casa que el matrimonio había tenido en Holanda se llamaba La Pampa. Vendieron todo para mudarse a lo que en otras épocas habían llamado el desierto y que durante la década del ’30 le hizo honor  a su nombre. 112 kilómetros separaban al matrimonio Ortiz Echagüe de Santa Rosa, ciudad capital desde 1900 con la cual la comunicación representaba muchas veces caminos de tierra. Se suponía que por allí pasaría alguna vez el ferrocarril, o eso le habían dicho al cónsul los vendedores, pero nunca sucedió.
Juntos vivieron allí nueve años hasta que el 8 de enero de 1942 falleció Antonio Ortiz Echagüe, dejando a su mujer y a sus dos hijos, Carmen y Federico, en un país extraño muy lejos de las cortes europeas que tanto habían frecuentado en otras épocas.
  –Ellos vinieron acá en el ’33 cuando comienza a perfilarse la Guerra Civil Española, porque al ser él retratista de la corte de Alfonso XIII sería un perseguido, seguramente. Se vienen a la Argentina, además España comienza a convulsionar y se viene con la idea de volverse, pero después vivió nueve años acá ya que murió a los 58. Mi abuela quedó viuda muy joven, y si bien su familia la reclamaba desde Europa, era imposible volverse trasladando todo esto. Nosotros no la escuchamos nunca quejarse de este lugar, es más, ella llegó no sólo a aquerenciarse sino también a amarlo –relata Patricia, nieta del pintor y quien hoy, sábado 4 de febrero, está a cargo de mostrarles a los turistas lo que desde octubre de 1998 es el Museo Atelier Ortiz Echagüe, cuando luego de numerosas tratativas la familia pudo ponerse de acuerdo con el gobierno de La Pampa para fundarlo y dar a conocer la obra del pintor.

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  La Estancia La Holanda se encuentra situada en las inmediaciones de la localidad pampeana de Carro  Quemado. Se accede desde la Ruta Provincial N° 13 a través de aproximadamente cinco kilómetros de camino de tierra en el cual se cruzan algunas vacas y de vez en cuando atraviesa el sendero a grandes zancadas algún ñandú. A lo lejos se ve flamear una bandera argentina y a medida que el auto se acerca, y con él la polvareda que levanta por la tierra seca y la falta de lluvia, dos perros ya grandes comienzan a ladrar. Por la puerta principal aparece Patricia, vestida con unos joggings grises y una musculosa y el cabello rubio atado en una cola de caballo. Tiene aproximadamente unos cuarenta años y es nieta del pintor, hija de Federico, el niño que nació en la Quinta del Berro, en Madrid, cuando sus padres todavía vivían en Europa y cuyos retratos adornan la sala del casco principal de la estancia. Allí también hay evidencias del paso de la familia por Marruecos, como un secreter con incrustaciones de marfil del siglo XVI y dos pinturas de muchachas árabes el día de la boda de una de ellas.
  –Los modelos vivos que surgen son los moros, porque cuando él deja de vivir de la pintura y decide pintar para él sigue un consejo que le habían dado cuando todavía era un niño: que se vaya a vivir a Marruecos, porque él siempre fue un enamorado de los rostros bien definidos y de los colores llamativos. Es así que entre el ’29 y el ’31 se va a vivir dos años a Fez –explica Patricia mientras muestra la pintura de la muchacha marroquí poco antes de casarse y ataviada con un vestido colorido en donde predominan el dorado y el negro. 
  La estancia ofrece también diferentes actividades además de la visita guiada al museo y al atelier. Por ejemplo, se puede optar por tomar allí el desayuno o la merienda, realizar un día de campo con picnic o almuerzo o quedarse allí a pasar la noche (pensión completa o media pensión, a gusto del consumidor). Todas las actividades se realizan con la familia del pintor, en este caso sus nietos, quienes se organizan entre ellos para que siempre haya uno en la estancia. Esto se debe a que algunos turistas llaman y avisan que se van a acercar hasta el lugar, pero muchos ven el cartel en la ruta y se desvían para ver qué eso de que hay un museo atelier en el medio del caldenal.

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   Cuenta una de las leyendas indígenas que circulan en relación al caldén que Huitrú, uno de los miembros de la tribu Pincén que habitó la llanura pampeana hace tantos años que es imposible precisarlos, se enamoró de Aylén. El romance fue rechazado porque los muchachos no pertenecían a la misma tribu y a ella no sólo la maldijeron sino que la mataron por desobedecer a la autoridad. Huitrú, sumido en una profunda tristeza la pidió ayuda a Nguenéchén, quien al no poder remover la maldición de Aylén, convirtió al joven en un árbol único e inconfundible cuyo fruto simbolizaría para siempre el renacimiento del amor a pesar de los odios.  Cuando los indios Pincén comenzaron a resguardarse bajo su sobra lo llamaron Huitrú, en honor al muchacho que había muerto por amor. Y así se lo conoce todavía al caldén entre los pobladores de La Pampa, provincia que tiene la mayor reserva natural de este árbol a nivel mundial, extendiéndose en forma diagonal desde el sur de las provincias de Córdoba y San Luis, atravesando La Pampa y perdiéndose al fin al sur de Buenos Aires.
  Y es este árbol tan característico de esta zona de transición entre la llanura fértil y la Patagonia el que predomina en la estancia de los Ortiz Echagüe y el que permitió, junto al piquillín con su fruto rojo y dulce y la chilladora con su flor amarilla, que el pintor trazara un camino a través de un pequeño bosque que une el casco principal con el atelier y hoy también con el museo. De aproximadamente unos 800 metros, el camino de greda se abre entre los matorrales primero por el recorrido que el pintor hacía todos los días para llegar hasta su atelier, luego fue continuado por los animales y finalmente lo terminó de marcar el agua, dado que aunque casi imperceptible el terreno presenta una inclinación que forma una suerte de arroyo cuando, muy de tanto en tanto, llueve, arroyo que erosiona y arrastra consigo parte del terreno.
  Ya comienzan a verse entre las ramas dos construcciones de estilo colonial, una frente a otra y en medio, un caldén alto de copa tupida:
  –Uno de los motivos por los que mi abuelo seleccionó este lugar para su atelier, además de la distancia por el tema de la tranquilidad y la inspiración, fue este caldén que tiene más de doscientos años, es antiquísimo.  El caldén es un árbol al que le lleva muchos años desarrollarse, porque a uno en el monte le da la sensación de que hay mucho renuevo, pero eso no se convierte de un día para el otro en árbol.
  Y es justamente ésta la flora que sobrevive a las inclemencias del clima del oeste pampeano. Sin embargo, la nuera del pintor y madre de Patricia hizo todos los intentos posibles por darle color y flores al paisaje, pero tanto los jazmines del cabo como los de leche se negaron a crecer en un clima tan hostil, en donde o los quema un invierno extremadamente crudo o un verano de mucho calor y muy pocas lluvias.
  –La mayoría de las veces se secaban, pero cuando sobrevivía la planta, no daba flores. Siempre pasaba lo mismo, pero mamá seguía insistiendo –comenta la mujer mientras busca el llavero en el bolsillo del pantalón.

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  Adentro del museo los ruidos retumban y se nota el cambio de temperatura. Si bien el estilo del edificio sigue los lineamientos del original, los detalles no pudieron ser conseguidos y Patricia comenta las desventajas del lugar para las pinturas, entre ellas el errado formato de los techos y la falta casi absoluta de ventilación que genera humedad y estropea los óleos.
  El lugar está organizando en tres sectores: el familiar, el marroquí y el holandés y cada uno de ellos muestra una faceta diferente de este pintor español que no sólo supo captar colores y situaciones, sino también sentimientos y sensaciones presentes en sus modelos. Allí se encuentran retratados su mujer y sus hijos, sus suegros y una niña rubia con un gran moño blanco en el cabello que Patricia recuerda que es el primer cuadro que pintó de Elisabeth. En todas las obras las manos de los personajes están a la vista y todos los ojos, tamaño natural, observan al turista desde sus bastidores recordándole a cada momento que están allí.
  –Nosotros cuando éramos chicos y nos mandaban a dormir la siesta nos moríamos de miedo, porque en todas las habitaciones hay cuadros que te miran constantemente –recuerda Patricia.
  De su paso por Fez llama la atención el color, y los escenarios antes subjetivos ahora se vuelven fundamentales para la creación de los personajes. Dos senegalesas de perfil* brinda desde lejos la imagen perfecta de un broderie y la sensación absoluta de estar presenciando ese momento. Porque si algo caracteriza también a la pintura de Ortiz Echagüe es su afición a retratar lo cotidiano, lo importante del día a día. Se lo caracterizó como un pintor costumbrista, amante del color y los diferentes efectos que éstos causaban en la obra, y el museo, rodeado de tierra casi seca y vegetación aguerrida, lo deja a la vista de todo aquel que decida adentrarse en La Pampa y conocer un poco más de su historia.
  Mientras abre la puerta del atelier, Patricia se encarga de mencionar que su abuelo pintó muy poco durante los nueve años que vivió allí, y aventura dos causas, una de ellas sin lugar a dudas certera. Por un lado estaba el hecho de tener que encargarse de 20 mil hectáreas de campo, trabajo sobre el cual Ortiz Echagüe no tenía conocimiento alguno hasta llegar al lugar. Para conocer la otra razón basta echar un vistazo al paisaje, descubrir al gris como el color predominante e imaginar lo que esto habrá significado para un pintor enamorado de una paleta vibrante y luminosa.
  En el atelier ya no hay tantas pinturas, sino más bien un muestrario de la vida del pintor en la estancia: su atril, el delantal todavía con pinceladas de óleo, algunos vestigios más del paso por Marruecos y fotografías de diferentes momentos de la vida de Ortiz Echagüe enmarcadas y ordenadas en una pared lateral. Quedaron allí también algunos de los óleos de su etapa pampeana en donde, según Patricia, el verde del fondo no es otra cosa más que el deseo, y dibujos en lápiz pastel y carbonilla.
  Elisabeth también eligió una habitación de ese edificio para tener su lugar en el mundo, aquél en el que pudiese leer, escribir y pintar, seguramente con algunos lineamientos de su marido, las acuarelas que se encuentran en la pared contigua a la ventana, esa por la que se ve el caldenal y el cielo inmenso, celeste.

  A pocos metros de allí se encuentra el cementerio donde descansan los restos del pintor, su mujer, su suegra, su hijo Federico y su nuera, la esposa de éste último. En 2005 comenzaron a construir también la Capilla Padre Francisco Melo custodiada por la advocación de Santa María de las Pampas, ya que es en la estancia no sólo donde están enterrados aquellos que los precedieron sino también donde los más pequeños han sido bautizados y donde los nietos del pintor contrajeron matrimonio.
  Todo está allí, en esas hectáreas de tierra seca, viento y calor, está allí para la familia que lo vivió y lo vive como una herencia cultural que tiene que perdurar y está allí para el turista que caminando junto a los nietos de Ortiz Echagüe tiene la posibilidad de conocer no sólo su obra, majestuosa y viva, sino también la historia de la estancia y de las vidas que en ese lugar se sucedieron.