¿Todavía no leíste la primera parte? Buscala en: La Argentina en tren: Once-General Pico
Cuando yo
era chica acá no había prácticamente nada. Estaba sí el estacionamiento, generalmente usado
por quienes todavía no tenían mucha habilidad para maniobrar en las calles
angostas del centro, y también el edificio de estilo inglés, con la pintura
descascarada y las puertas cerradas. Al costado del andén, algo que todavía
no ha cambiado, el yuyal. Pero de movimiento, pasajeros y guardas, nada.
Cuando yo
era chica el tren que llegaba a General Pico, La Pampa, era solamente el de carga. Pasaba
en horarios indeterminados, a mí me parecía que era larguísimo y como iba lento
porque las vías atraviesan el pueblo prácticamente en el centro, siempre daba
la sensación de ser eterno.
Me acuerdo
de todo esto mientras hoy, 25 de enero de 2015, hago la cola –corta, apenas dos personas– para comprar
el boleto de tren hasta Once. Viajo esta vez con Rodrigo, mi pareja, y queremos
ir en camarote, no solamente por la comodidad sino también porque nos genera
esa sensación extraña de estar experimentando algo que solamente ocurría en las
novelas. Conseguimos uno de los últimos y volvemos a casa contentos a terminar
de armar el bolso y a esperar las dos horas que faltan para que el tren, que
hace el recorrido General Pico-Once los domingos, parta de la estación a las
15.21. Ya compramos unas empanadas para la cena, cargamos la batería de la
computadora para poder ver una película y terminamos de hornear la torta que
queremos llevarnos para merendar pero que finalmente olvidaremos.
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| Atardecer en General Pico. El tren queda en la estación desde el sábado al mediodía hasta el domingo a la tarde. |
A pesar de
que hace siete meses que el tren llega a la ciudad (primero vía Realicó y ahora
vía Catriló), la gente que se acumula en el andén para sacar fotos y filmar
sigue siendo mucha. La estación no está muy cambiada a como la recuerdo, pero
ahora las puertas están abiertas, la boletería funciona desde el domingo a las once
hasta la salida de la formación y el tren –chino, cero kilómetro–, aguarda en
las vías desde el sábado al mediodía. Por el momento tiene una frecuencia de
una vez por semana pero desde el gobierno municipal ya se habla de la posibilidad
de agregar otra los miércoles para que quienes deban hacer trámites en Buenos
Aires no se vean obligados a quedarse casi una semana.
Subimos. Nuestro
vagón es el primero y nuestro camarote está justo en el medio. Una descripción
del lugar más o menos detallada diría algo así: no es muy grande pero
suficiente para las dos literas –cuchetas, una encima de la otra– y una mesa
sobre la pared de la derecha, justo debajo de la ventanilla que permite seguir
el recorrido del tren; a un costado, la perilla para regular el aire
acondicionado y el enchufe. Los colchones son anchos, de color azul y tienen
sábanas blancas y una manta de micropolar. El espacio está bien distribuido: bajo
la cama se pueden poner los bolsos y hay también una especie de baulera sobre
la puerta y a los pies de la cama de arriba. En ningún momento me da sensación
de encierro, quizá se deba al hecho de saber que uno puede salir, caminar,
sentarse un rato en el vagón comedor.
El tren
empieza a moverse. Me siento junto a la ventanilla y mientras Rodrigo filma le
voy indicando dónde estamos para que se oriente. Es la primera vez que viene a
La Pampa y apenas tuvo tiempo para ver algo de la ciudad, así que me limito a
mostrarle algunos negocios que recorrimos esta mañana buscando qué comprar para cenar y ahí es cuando me acuerdo que, en la heladera y tapada con una servilleta, nos
olvidamos la torta de frutillas y nueces. Más tarde, antes de ponerme el
pijama, iré hasta el vagón comedor y traeré un tostado grande y un café con
leche para merendar, y en el recorrido comprobaré que a medida que recorremos
la llanura hacia el este –infinita, inabarcable– el resto de los vagones se van llenando. También podré
ver, en los carteles luminosos que se encuentran en los extremos, que la
temperatura apenas bajó algunos grados: en General Pico a las tres y media de
la tarde hacían 35 grados centígrados y, a diferencia del calor húmedo de
Buenos Aires, en la ciudad pampeana el sol penetraba seco en el cuerpo con la
violencia de una puñalada.
Cuando
comienza a atardecer ya entramos en territorio bonaerense. El traqueteo, que por
momentos es suave y me adormece, de tanto en tanto me despierta al intensificarse
de repente. El sol ya bajó y el cielo apenas nublado, como cubierto por una
bruma etérea, es de un color naranja suave que se refleja, más suave aún, en
las aguas de un bañado. El camarote se oscurece de golpe y después de prender
la luz buscamos las empanadas para cenar temprano, ver una película y dormir; elegimos
Desayuno en Tiffany. Del camarote de al lado, en el que viaja un
matrimonio de unos sesenta años, llega cumbia y de afuera, del pasillo, la voz
de una mujer que pasea con un niño mostrándole los diferentes vagones del tren.
La señora de la música se queja: “Esto no es una plaza, querida, queremos
descansar”. Todavía no son las diez de la noche. Cuando después de las doce logre dormirme ya no me despertaré hasta que entremos en el conurbano.
Llegamos a
la estación de Once a las siete y media de la mañana. En el andén, a la izquierda de los trenes de
cercanías, podemos tener una idea más aproximada de cuánta gente utiliza el
servicio, que no es poca. Los camarotes –doce en total, con una capacidad para
veinticuatro personas– se llenaron en Catriló, es decir, antes de la mitad del
viaje y a medida que pase el tiempo y el tren se vaya popularizando, habrá que
hacer cola tanto en General Pico como en Santa Rosa para conseguir uno y esperar
no será garantía de éxito; a menos de un año de restablecido el tren de
pasajeros evaluarán colocar otro vagón de camarotes para atender
la creciente demanda. A nosotros
todavía nos falta llegar hasta La Plata, así que nos bajamos de un tren para
subirnos a un subte, para hacer combinación y subirnos a otro tren, ésta vez el
General Roca que nos llevará, vía Quilmes y parando en todas, hasta la capital
bonaerense. Me pregunto si cuando finalmente llegue a casa podré dormir sobre
suelo firme. De lo que sí estoy segura es que la próxima vez que haga el recorrido Once-General Pico (y viceversa) volveré a hacerlo en tren.

