5 de febrero de 2015

La Argentina en tren: Once-General Pico (Primera parte)

Son las 19.30 del 9 de enero y en la estación de Once la sensación térmica roza los 40 grados. La zona desde donde salen el tren de larga distancia que va hasta General Pico está repleta y la gente aguarda abanicándose, mojándose el cabello o bebiendo agua. Muchos todavía no han sacado el pasaje –cuya venta comienza el lunes de la semana de partida– y hacen cola en la boletería. Yo no me arriesgué y vine el primer día a las nueve de la mañana; no conseguir significa esperar una semana para poder viajar. Desde donde estoy parada veo que habilitan la puerta que da al andén y que la gente se agolpa aunque cada uno tiene su asiento ya asignado. De todas maneras el apuro es entendible: arriba del tren hay aire acondicionado.

Mi vagón es el 401, uno de los primeros, por lo que tengo que caminar casi todo el andén antes de encontrarlo. Es el antepenúltimo del pullman ($255 por el total del recorrido), al que le sigue el de los camarotes ($715 para dos personas) y luego la locomotora. Me tocó un asiento individual de la segunda sección del lado izquierdo, lo que quiere decir que hasta Catriló iré de espaldas al recorrido. Los asientos son amplios y de color azul y en el respaldo del inmediatamente anterior tienen una mesita como la de los aviones. Todavía no lo sé, pero los vagones de Primera Clase ($190 entre cabeceras) son muy similares, sólo que en lugar de tener una fila doble y una individual tienen dos dobles, con lo cual los asientos son un poco más chicos. A las 19.57 el tren comienza a moverse con apenas cuatro minutos de retraso, tal como lo indica el cartel electrónico con letras rojas ubicado en el extremo del vagón, que también informa la temperatura (interior y exterior), la fecha y la disponibilidad de los baños. Todavía no salimos de la estación, apenas nos deslizamos algunos metros sobre las vías y por la ventanilla veo que en los andenes del tren interurbano la gente se amontona. Nos detenemos y un nene de aproximadamente diez años, que desde que subió lo escucho conversar con su abuela sobre La Pampa y sobre cómo es Santa Rosa, se impacienta, se levanta y a cada ratito pregunta qué pasa, por qué no nos movemos, por qué tampoco se mueven los otros trenes. Poco después anunciarán por altoparlante que ha habido un accidente en la estación Caballito y que por lo tanto la formación se encuentra demorada hasta que se libere el paso. Saco un libro y me dispongo a esperar; por las dudas traje dos, el viaje es largo: Mi visión del Islam Occidental de Tariq Ramadán y Herejes de Leonardo Padura. Finalmente, una hora después de la establecida partimos rumbo a La Pampa y por lo que veo en mi expedición de reconocimiento el tren va prácticamente lleno, lo cual, como el amontonamiento a la hora de subir también es entendible: el precio representa el 39,33% de lo que cuesta viajar en colectivo ($483 en semicama en contraposición a los $190 de Primera Clase, la más económica). Siempre quise viajar en tren y ahora me siento como Agatha Christie en el Orient Express. 

El 1 de octubre de 2014 quedó inaugurado el servicio Once-General Pico a modo de extensión del ya prestado entre la estación porteña y la localidad bonaerense de Bragado, saliendo los viernes a las 19.53 (llega a General Pico a las 11.50 del sábado) y regresando el domingo a las 15.21 (llegando a Once a las 07.09 del lunes). El recorrido, que pasa por las localidades de 9 de Julio y Trenque Lauquen, tiene también enlace en Catriló para los pasajeros que desean arribar a Santa Rosa y en total demora alrededor de 16 horas. Para sacar el boleto desde Buenos Aires hay que acercarse a la estación de Once y al regreso se venden desde el mismo día de salida en General Pico y a bordo del tren en el resto de las localidades. La distancia total es de 612 kilómetros y la locomotora transporta coches primera clase, pullman, camarotes, vagón comedor y furgón generador CNR. La velocidad depende del estado de las vías: en algunos tramos alcanza los 60 km por hora mientras que en otros debe desacelerar considerablemente y así y todo pareciera que la formación galopase.
El recorrido original del ramal Olascoaga del Ferrocarril Sarmiento (conocido también como El Caldén) no llegaba a General Pico por esta vía sino que lo hacía por las localidades de América y González Moreno. Luego de que en 2011 se restableciera el servicio Bragado-Realicó, en julio de 2014 se extendió hasta Pico, teniendo los pasajeros que realizar dos trasbordos y demorando el recorrido alrededor de 20 horas. En ese momento el viceintendente piquense José Osmar García había solicitado que se realizara una evaluación del estado de las vías en el tramo Catriló-General Pico, ramal que hoy ha permitido no sólo acortar la cantidad de horas de viaje sino también unir Santa Rosa con la ciudad de Buenos Aires.

Cuarenta minutos después de haber dejado atrás Once el guarda pasa por los vagones anunciando que ya está abierto el comedor. La familia que está sentada en diagonal mío y a la que por fortuna o por pedido le han tocado los cuatro asientos enfrentados que tienen una mesa como Dios manda, ya sacaron hace rato las facturas y el mate. Yo me traje una vianda y me alegro de haberlo hecho cuando intento comprar una botella de agua y veo que la cola para adquirir tanto comida como bebida es de casi tres vagones. Sobre las dos de la mañana, poco antes de que cierren, la cantidad de gente disminuye y es también a esa hora cuando me doy cuenta que en lugar de comprar agua podía cargar la botella que ya tenía: en el extremo de cada vagón y junto al antebaño hay dispensadores de agua fría y caliente.
No hace mucho que pasamos Bragado y en los vagones pullman ya apagaron las luces. Me enrosco en el asiento e intento dormirme, aunque de tanto en tanto me distraigo mirando por la ventanilla; al estar la luz apagada el vidrio no se convierte en un espejo y puede verse hacia afuera, sobre todo cuando la formación se acerca a las estaciones. Algunas como Olascoaga, Madero y Berutti son facultativas, es decir, si no sube o baja gente el tren no para, con lo que tengo la esperanza de reducir un poco la demora con la que salimos de Buenos Aires. Ya controlaron una vez los pasajes y cuando finalmente me duermo el guarda me despierta llegando a Pehuajó para pedírmelo una vez más. A partir de allí me cuesta un poco conciliar el sueño y cada tanto me despierto y vuelvo a acomodarme; hace un par de meses me lastimé una rodilla bailando tango y de tenerla mal acomodada me comienza a molestar. Me levanto, me paro junto a las ventanillas del extremo y me quedo mirando el campo, el horizonte y una llanura infinita. En medio del silencio de la noche sólo se escucha el traqueteo rítmico del tren.
Sobre las seis de la mañana todo el vagón comienza a despertarse y afuera el cielo se tiñe de rojo; hace rato que comenzaron también a divisarse algunos caldenes que ahora se recortan en ese fondo que poco a poco va aclarando. No estoy segura de dónde estamos exactamente y cuando miro por la ventanilla veo solamente agua y el sol que se refleja en las ondas del bañado: las vías lo atraviesan montadas en un terraplén y la formación disminuye la velocidad. Además del espacio para moverse, la comodidad de los baños y la posibilidad de sentarse a tomar mate en el comedor, el tren también permite atravesar el paisaje por donde la ruta no podría nunca entrometerse. 
Ya se puede desayunar y por el pasillo los pasajeros desfilan con vasos térmicos cargados de café con leche, tostados de jamón y queso y hasta medialunas. Los chicos también ya se despertaron y Jeremías, que viajó conmigo en el vagón, se arrastra por el piso con un autito, después de algunos metros se incorpora y lo tira hacia donde está su madre, a la que no le queda otra más que levantarse e ir a buscarlo para que el niño no se siga ensuciando y para que el juguete no recaiga sobre alguien. Casi estamos llegando a Catriló y muchos de los pasajeros harán combinación para seguir hacia Santa Rosa. Uno de los guardas pone música y alguien le pide cumbia; arriba del tren hay clima de fiesta. Jeremías, que perdió el protagonismo cuando tuvo que volver a la fuerza a su asiento, se para en el pasillo y baila. El matrimonio mayor que está sentando junto a mí lo aplaude cuando por un segundo retiran la vista del teléfono celular que, por lo que oigo, parece tener televisión. Intento leer pero entre las conversaciones, la música y la ansiedad por llegar me es casi imposible.


El tren hacia la capital pampeana ya salió pero nosotros todavía demoramos cuarenta minutos más en retomar el camino. Ahora sí voy de frente al recorrido y como ya es media mañana y cada vez somos menos conversamos y compartimos un mate: hay un matrimonio que viaja hasta General Pico al cumpleaños de 15 de su nieta, otra mujer a la que también en Pico la espera su hermano para seguir viaje hacia el pueblo y una adolescente que vive en Buenos Aires y viene con su familia a visitar a los abuelos.
A medida que vamos llegando los alrededores se ven más urbanizados: hay silos, galpones e invernaderos y de vez en cuando alguna casa quinta. La mayoría de los pasajeros comienza a organizar su equipaje mientras otros, como yo, sacamos fotos y filmamos para guardar testimonio de la primera vez que llegamos en tren a La Pampa. Me quiero bajar ya, no tanto porque hace más de 16 horas que estoy viajando sino porque hacía mucho que no tenía la posibilidad de volver a mi ciudad. Me pongo las zapatillas, bajo el bolso del portaequipaje, guardo la campera de hilo que me tuve que poner a la noche debido al aire acondicionado y cuando el tren toma la vía que corre paralela a la calle 19 comienzo a reconocer mi antiguo barrio. La estación, ubicada a pocas cuadras del centro, los sábados al mediodía recibe no sólo a quienes esperan a algún viajero sino también a los curiosos que se acercan a ver la llegada del tren, algo que no sucedía en General Pico desde hacía más de quince años. Hoy comenzaron mis vacaciones, me quedan dos semanas y luego, si todo sale bien, me espera un nuevo viaje en tren pero esta vez en camarote. Ya les contaré.

Este texto también fue publicado en El Lobo Estepario-Diario de Cultura