Son las 19.30 del 9 de enero y en la estación de Once la
sensación térmica roza los 40 grados. La zona desde donde salen el tren de
larga distancia que va hasta General Pico está repleta y la gente aguarda
abanicándose, mojándose el cabello o bebiendo agua. Muchos todavía no han
sacado el pasaje –cuya venta comienza el lunes de la semana de partida– y hacen
cola en la boletería. Yo no me arriesgué y vine el primer día a las nueve de la
mañana; no conseguir significa esperar una semana para poder viajar. Desde
donde estoy parada veo que habilitan la puerta que da al andén y que la gente
se agolpa aunque cada uno tiene su asiento ya asignado. De todas maneras el
apuro es entendible: arriba del tren hay aire acondicionado.
Mi vagón es el 401, uno de los primeros, por lo que tengo
que caminar casi todo el andén antes de encontrarlo. Es el antepenúltimo del
pullman ($255 por el total del recorrido), al que le sigue el de los camarotes
($715 para dos personas) y luego la locomotora. Me tocó un asiento individual
de la segunda sección del lado izquierdo, lo que quiere decir que hasta Catriló
iré de espaldas al recorrido. Los asientos son amplios y de color azul y en el
respaldo del inmediatamente anterior tienen una mesita como la de los aviones. Todavía
no lo sé, pero los vagones de Primera Clase ($190 entre cabeceras) son muy
similares, sólo que en lugar de tener una fila doble y una individual tienen
dos dobles, con lo cual los asientos son un poco más chicos. A las 19.57 el
tren comienza a moverse con apenas cuatro minutos de retraso, tal como lo
indica el cartel electrónico con letras rojas ubicado en el extremo del vagón,
que también informa la temperatura (interior y exterior), la fecha y la
disponibilidad de los baños. Todavía no salimos de la estación, apenas nos
deslizamos algunos metros sobre las vías y por la ventanilla veo que en los
andenes del tren interurbano la gente se amontona. Nos detenemos y un nene de
aproximadamente diez años, que desde que subió lo escucho conversar con su
abuela sobre La Pampa y sobre cómo es Santa Rosa, se impacienta, se levanta y a
cada ratito pregunta qué pasa, por qué no nos movemos, por qué tampoco se
mueven los otros trenes. Poco después anunciarán por altoparlante que ha habido
un accidente en la estación Caballito y que por lo tanto la formación se
encuentra demorada hasta que se libere el paso. Saco un libro y me dispongo a
esperar; por las dudas traje dos, el viaje es largo: Mi visión del Islam
Occidental de Tariq Ramadán y Herejes de Leonardo Padura.
Finalmente, una hora después de la establecida partimos rumbo a La Pampa y por
lo que veo en mi expedición de reconocimiento el tren va prácticamente lleno,
lo cual, como el amontonamiento a la hora de subir también es entendible: el
precio representa el 39,33% de lo que cuesta viajar en colectivo ($483 en
semicama en contraposición a los $190 de Primera Clase, la más económica). Siempre
quise viajar en tren y ahora me siento como Agatha Christie en el Orient
Express.
El 1 de octubre de 2014 quedó inaugurado el servicio
Once-General Pico a modo de extensión del ya prestado entre la estación porteña
y la localidad bonaerense de Bragado, saliendo los viernes a las 19.53 (llega a
General Pico a las 11.50 del sábado) y regresando el domingo a las 15.21
(llegando a Once a las 07.09 del lunes). El recorrido, que pasa por las
localidades de 9 de Julio y Trenque Lauquen, tiene también enlace en Catriló
para los pasajeros que desean arribar a Santa Rosa y en total demora alrededor
de 16 horas. Para sacar el boleto desde Buenos Aires hay que acercarse a la
estación de Once y al regreso se venden desde el mismo día de salida en General
Pico y a bordo del tren en el resto de las localidades. La distancia total es
de 612 kilómetros y la locomotora transporta coches primera
clase, pullman, camarotes, vagón comedor y furgón generador CNR. La velocidad
depende del estado de las vías: en algunos tramos alcanza los 60 km por hora
mientras que en otros debe desacelerar considerablemente y así y todo pareciera
que la formación galopase.
El recorrido original del ramal Olascoaga del Ferrocarril
Sarmiento (conocido también como El Caldén) no llegaba a General Pico
por esta vía sino que lo hacía por las localidades de América y González
Moreno. Luego de que en 2011 se restableciera el servicio Bragado-Realicó, en
julio de 2014 se extendió hasta Pico, teniendo los pasajeros que realizar dos
trasbordos y demorando el recorrido alrededor de 20 horas. En ese momento el
viceintendente piquense José Osmar García había solicitado que se realizara una
evaluación del estado de las vías en el tramo Catriló-General Pico, ramal que
hoy ha permitido no sólo acortar la cantidad de horas de viaje sino también
unir Santa Rosa con la ciudad de Buenos Aires.
Cuarenta minutos después de haber dejado atrás Once el
guarda pasa por los vagones anunciando que ya está abierto el comedor. La
familia que está sentada en diagonal mío y a la que por fortuna o por pedido le
han tocado los cuatro asientos enfrentados que tienen una mesa como Dios manda,
ya sacaron hace rato las facturas y el mate. Yo me traje una vianda y me alegro
de haberlo hecho cuando intento comprar una botella de agua y veo que la cola
para adquirir tanto comida como bebida es de casi tres vagones. Sobre las dos
de la mañana, poco antes de que cierren, la cantidad de gente disminuye y es
también a esa hora cuando me doy cuenta que en lugar de comprar agua podía
cargar la botella que ya tenía: en el extremo de cada vagón y junto al antebaño
hay dispensadores de agua fría y caliente.
No hace mucho que pasamos Bragado y en los vagones pullman
ya apagaron las luces. Me enrosco en el asiento e intento dormirme, aunque de
tanto en tanto me distraigo mirando por la ventanilla; al estar la luz apagada
el vidrio no se convierte en un espejo y puede verse hacia afuera, sobre todo
cuando la formación se acerca a las estaciones. Algunas como Olascoaga, Madero
y Berutti son facultativas, es decir, si no sube o baja gente el tren no para,
con lo que tengo la esperanza de reducir un poco la demora con la que salimos
de Buenos Aires. Ya controlaron una vez los pasajes y cuando finalmente me
duermo el guarda me despierta llegando a Pehuajó para pedírmelo una vez más. A
partir de allí me cuesta un poco conciliar el sueño y cada tanto me despierto y
vuelvo a acomodarme; hace un par de meses me lastimé una rodilla bailando tango
y de tenerla mal acomodada me comienza a molestar. Me levanto, me paro junto a
las ventanillas del extremo y me quedo mirando el campo, el horizonte y una
llanura infinita. En medio del silencio de la noche sólo se escucha el traqueteo
rítmico del tren.
Sobre las seis de la mañana todo el vagón comienza a
despertarse y afuera el cielo se tiñe de rojo; hace rato que comenzaron también
a divisarse algunos caldenes que ahora se recortan en ese fondo que poco a poco
va aclarando. No estoy segura de dónde estamos exactamente y cuando miro por la
ventanilla veo solamente agua y el sol que se refleja en las ondas del bañado:
las vías lo atraviesan montadas en un terraplén y la formación disminuye la
velocidad. Además del espacio para moverse, la comodidad de los baños y la
posibilidad de sentarse a tomar mate en el comedor, el tren también permite
atravesar el paisaje por donde la ruta no podría nunca entrometerse.
Ya se puede desayunar y por el pasillo los pasajeros
desfilan con vasos térmicos cargados de café con leche, tostados de jamón y
queso y hasta medialunas. Los chicos también ya se despertaron y Jeremías, que
viajó conmigo en el vagón, se arrastra por el piso con un autito, después de
algunos metros se incorpora y lo tira hacia donde está su madre, a la que no le
queda otra más que levantarse e ir a buscarlo para que el niño no se siga
ensuciando y para que el juguete no recaiga sobre alguien. Casi estamos
llegando a Catriló y muchos de los pasajeros harán combinación para seguir
hacia Santa Rosa. Uno de los guardas pone música y alguien le pide cumbia;
arriba del tren hay clima de fiesta. Jeremías, que perdió el protagonismo
cuando tuvo que volver a la fuerza a su asiento, se para en el pasillo y baila.
El matrimonio mayor que está sentando junto a mí lo aplaude cuando por un
segundo retiran la vista del teléfono celular que, por lo que oigo, parece
tener televisión. Intento leer pero entre las conversaciones, la música y la
ansiedad por llegar me es casi imposible.
El tren hacia la capital pampeana ya salió pero nosotros
todavía demoramos cuarenta minutos más en retomar el camino. Ahora sí voy de
frente al recorrido y como ya es media mañana y cada vez somos menos
conversamos y compartimos un mate: hay un matrimonio que viaja hasta General
Pico al cumpleaños de 15 de su nieta, otra mujer a la que también en Pico la
espera su hermano para seguir viaje hacia el pueblo y una adolescente que vive
en Buenos Aires y viene con su familia a visitar a los abuelos.
A medida que vamos llegando los alrededores se ven más
urbanizados: hay silos, galpones e invernaderos y de vez en cuando alguna casa
quinta. La mayoría de los pasajeros comienza a organizar su equipaje mientras
otros, como yo, sacamos fotos y filmamos para guardar testimonio de la primera
vez que llegamos en tren a La Pampa. Me quiero bajar ya, no tanto porque hace
más de 16 horas que estoy viajando sino porque hacía mucho que no tenía la
posibilidad de volver a mi ciudad. Me pongo las zapatillas, bajo el bolso del
portaequipaje, guardo la campera de hilo que me tuve que poner a la noche
debido al aire acondicionado y cuando el tren toma la vía que corre paralela a
la calle 19 comienzo a reconocer mi antiguo barrio. La estación, ubicada a
pocas cuadras del centro, los sábados al mediodía recibe no sólo a quienes
esperan a algún viajero sino también a los curiosos que se acercan a ver la
llegada del tren, algo que no sucedía en General Pico desde hacía más de quince
años. Hoy comenzaron mis vacaciones, me quedan dos semanas y luego, si todo
sale bien, me espera un nuevo viaje en tren pero esta vez en camarote. Ya les
contaré.
Este texto también fue publicado en El Lobo Estepario-Diario de Cultura
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