4 de marzo de 2012

Vestigios de la antigua Ginebra

A pocas cuadras del centro económico de una de las ciudades con más calidad de vida a nivel mundial es posible caminar en la historia y sentirse parte de ella.


  No se escuchan bocinas y cerca del Jet d’eau el único sonido que llega es el del agua a más de doscientos kilómetros por hora elevándose sobre el Lac Léman. Unos metros más adentro el Reloj Floral marca las dos de la tarde y a lo lejos las campanadas de la Catedral de Saint-Pierre, de la que sólo se alcanzan a ver las torres desde el Jardin Anglais, confirman la hora.
  Con 191.964 habitantes (según el balance a finales de 2011 del Office Cantonal de la Statistique) Ginebra es la segunda ciudad más grande de Suiza después de Zúrich y es también la capital del cantón homónimo. En una superficie de 15,9 km2 guarda una increíble ciudad antigua con historias que van desde los cristianos romanos y medievales hasta los secretos de la Reforma Luterana. Tiene también entre sus maravillas a la Ciudad Internacional, el Palacio de Naciones Unidas y el CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire), el mayor centro de investigación nuclear en el mundo.


Catedral Saint Pierre 



  Son las dos de la tarde, y todos los relojes de los edificios de la ciudad suiza lo confirman. Ubicada en el extremo suroccidental del lago Léman, justo donde el Ródano recupera su curso y los Alpes Saboyanos dominados por el Mont-Blanc circunscriben la ciudad, Ginebra se destaca no sólo por su paisaje, sino también por su historia milenaria. Conocido turísticamente como Vieille Ville, el Casco Antiguo de Ginebra se concentra alrededor de la Catedral protestante y de la Place du Bourg-de-Four, escondiendo secretos milenarios entre sus callecitas empedradas y sus altos edificios testigos de los cambios surgidos en el siglo XVI. Si se mira hacia el cielo existe allí una de las tantas diferencias entre lo nuevo y lo antiguo, y es que dentro del casco no circulan los tres tipos de medios de transporte público que sí lo hacen por el resto de Ginebra, trolebús, colectivo y tranvía, dos de los cuales funcionan con electricidad a través de un cableado que forma una especie de red sobre la “ciudad nueva”.
  Cuna del protestantismo desde 1536 y dueña de uno de los puntos más altos de la colina donde se emplaza esta ciudad de habla francesa, la Catedral de Saint-Pierre invita a un recorrido por el neoclasicismo de su fachada, el gótico de los siglos XII y XIII del edificio y su anclaje final de la mano de Jean Cauvin (o Juan Calvino) en la Reforma Protestante que revolucionó Europa en el siglo XVI. Y de esto último no dejan dudas sus inmensas paredes grises sin santos ni vitrales, coronada su altura sólo por el órgano reintroducido en la liturgia protestante de Saint-Pierre recién en el siglo XVIII.
Sin embargo, los secretos no acaban allí. En 1976 el Servicio Arqueológico Cantonal descubrió bajo el suelo de la catedral vestigios de iglesias previas, de las cuales la más antigua data del siglo IV, así como también una tumba perteneciente al pueblo alóbroge; evidencias no sólo del papel determinante de Ginebra en el desarrollo del Cristianismo, sino también de la ocupación de sus tierras por más de dos mil años. Abonando una entrada de ocho francos suizos, con descuento del 50 % para niños, pensionados, discapacitados, desempleados y estudiantes, pueden recorrerse los restos de edificios de principios de la era cristiana así como también apreciar esculturas y pinturas que dejan a la vista la relevancia que dichos sitios tuvieron durante los años de su apogeo.
  Resta volver a la Plaza Cour Saint-Pierre donde están haciendo tomas para un comercial y terminar de recorrer lo que se denomina Espacio Saint-Pierre, constituido por la catedral, la muestra arqueológica y el Museo Internacional de La Reforma, emplazado en la Maison Mallet del siglo XVIII y ganador en el 2007 del Council of Europe Museum Prize.
  Organizado como un recorrido histórico a lo largo del desarrollo del protestantismo, este museo tiene la peculiaridad de no sólo exhibir, sino también reconstruir. Acompañado por un audio-guía (la mayoría de los museos en Ginebra se manejan con este método) el visitante puede ser testigo de los debates sobre la salvación y la predestinación que inundaron el campo de la discusión religiosa durante sus primeros años.
  Que durante la Reforma Ginebra se haya convertido en la “Roma Protestante” tuvo también consecuencias a nivel poblacional y habitacional. Debido a la muralla que rodeaba la ciudad a los ginebrinos no les quedó otra opción más que edificar hacia arriba para tener la capacidad necesaria de transformarse en el lugar de refugio de aquellos perseguidos por la Iglesia Católica. Este éxodo europeo hacia Ginebra también contribuyó al desarrollo cultural e intelectual de la ciudad, reflejados estos cambios también en el museo a través de diferentes salas en las cuales puede tenerse un panorama bastante aproximado de cómo era vivir en esta ciudad en aquellos años. También pueden verse maquetas de esos edificios que rodean el Léman y que son una de las principales imágenes que el turista se lleva de esta ciudad rediseñada durante esos años para ser la cuna del exilio protestante de casi toda Europa.
  Continuar caminando por las estrechas y laberínticas callecitas adoquinadas de la Ginebra antigua significa introducirse aún más en la historia, encontrarse, entre otras cosas, con la Maison Tavel, edificada sobre los cimientos del siglo IX y reconstruida en 1334 siendo así la casa más antigua que se conserva en la ciudad, donde se emplaza un museo que a través de colecciones de medallas, monedas y objetos de uso doméstico brinda un muestrario de la vida en Ginebra a lo largo de los siglos. A pocos metros de allí la Rue Jean-Calvin lleva hasta la casa en donde habitó el Reformador hasta su muerte en 1564, y caminando apenas unas cuadras más se llega hasta la iglesia de la Madeleine, donde Guillermo Farel comenzó la prédica reformista y en la que en 1553 fue detenido Miguel Servet acusado de herejía por Calvino y finalmente quemado en la hoguera.
  Y en este recorrido que invita a perderse, para reencontrarse poco después en otra calle con otras historias, secretos y vestigios de la antigua Ginebra, no pueden quedar por fuera la Grand-Rue, coronada de tiendas de antigüedades, galerías de arte y mesas de diferentes bares en la vereda decoradas con idiomas provenientes de todo el mundo; la Iglesia de St. Germain del siglo V, los restos de las antiguas murallas romanas entre tantos otros atractivos que la ciudad suiza guarda para sí. Y entre ellos, casi de improviso aparece la sombra de Jorge Luis Borges, quien poco antes de morir decidió hacerlo en Ginebra, esa ciudad que lo refugió cuando niño de la Primera Guerra Mundial y en la que aprendió el francés cursando su bachillerato en el Liceo Jean Calvin. El número 28 de la Grand-Rue recuerda con una placa el lugar donde vivió el escritor argentino y en el Cementerio de Plainpalais puede visitarse una tumba austera que recuerda que el 14 de junio de 1986 fallecía uno de los más grandes y controvertidos escritores, aquel que dijo que Ginebra le parecía, entre todas las ciudades “la más propicia para la felicidad”. Y seguramente, no estaba nada lejos de la exactitud.


Cementerio de Plainpalais

  A las seis y media de la tarde en Ginebra ya casi no se ve gente por la calle. Aunque es verano la temperatura no supera los 26°, los negocios si no lo hicieron aún comienzan a cerrar y la gente que vuelve del trabajo espera tranquila en las paradas de los tranvías a que transcurran los dos minutos que el cartel electrónico anuncia que tardará en llegar.
  Bajo el oscuro cielo ginebrino al que alguna vez miraron Rousseau, Voltaire y Calvin quedan siglos de historia, arte y mitos, muchos de ellos todavía por descubrir y estudiar para seguir haciendo de Ginebra una ciudad tan misteriosa como fascinante.

2 comentarios:

Sebastián Lalaurette dijo...

¿Estuviste en Ginebra? ENVIDIA TOTAL. ;) Gran descripción, gracias por transportarnos.

Pilar Alvarez Masi dijo...

¡Hola! ¿Cómo estás? Estuve en Ginebra el año pasado, la verdad es que es increíble, una ciudad bellísima.
¡Me alegro que te haya gustado! La idea era compartir un poco tanta belleza y las sensaciones que me generó estar por allí, caminando entre tanta historia.